Felicidad clandestina

Lo reconozco, soy mentirosa y estoy llena de secretos. Los secretos son en mí una cualidad inseparable de las alegrías. Así, las alegrías son, por secretas, doble motivo para el regocijo. Lo reconozco. No es verdad que olvide el teléfono a menudo, que caiga enferma tan fácilmente, que tenga siempre cita con el dentista o la peluquera. No es verdad que necesite horas enteras para hacer la compra o limpiar la casa. Tampoco es cierto que pase las mañanas trabajando o buscando trabajo en las épocas en las que no lo tengo, y que dedique las tardes a visitar a mis padres o a mi tía. No es verdad —nunca lo es— que olvide los cumpleaños ni que gaste los sábados respondiendo correos impostergables (a quienes me los escriben suelo decirles que era inevitable resolver algún asunto doméstico). Y mucho menos lo es que disponga de esa multitud de amigos que me solicitan para fiestas y comidas —mis amigos, por el contrario, son pocos e insociables; nos citamos muy de vez en cuando en bares y cafés poco visitados, donde poder ofrecernos sin interrupciones un recuento pausado de nuestro no hacer nada de provecho—. Para colmo, no es verdad que desee yo un empleo ni una familia ni una casa, ni tan siquiera una rica vida social. Que desee ocupar mi tiempo como sería lógico. Si me preguntan respondo que sí, que claro, que cómo no, pero lo hago por inercia y cobardía, por un afán ferviente de no destacarme. Lo digo también por amor a la ocultación, para poder seguir manteniendo en la clandestinidad mis auténticas ocupaciones y los asuntos que de verdad me importan: el sol de las cinco en la hamaca, las horas quietas del silencio, el mar y bailar mucho, y dormir nueve horas y media, y caminar toda la tarde sin destino y robar, como Clarice Lispector, una rosa, y tirarme en la arena como Facundo Cabral, y comer higos o cerezas. Que los pájaros vengan a merodear cerca de mi ventana, y que haya siempre en la ciudad, al menos, un día de nieve al año, y que me besen de vez en cuando los hombres.

Hay días en que sin yo quererlo, me posee de pronto esta determinación ciega del dedicarme a mis asuntos. Excitada y tensa, sintiéndome profundamente culpable, me declaro entonces ocupada para el resto del mundo. Reúno el valor suficiente para apagar el teléfono y durante varias horas dejo de aparecer por casa, por cualquier casa, con la dicha feroz de quien salta la verja de un hospital. Me dedico a rondar por las plazas sin gente, a esperar que rompa la lluvia, a mirar los gatos, los perros y los gorriones que se esponjan las alas en el polvo de los parques. A entrar en las iglesias, y comprarme un helado o varios sujetadores. A releer algunas cartas y algunos poemas. A imaginar que tomo un avión y paseo por el zoco de Estambul.

Durante las horas de mi deserción —siempre breves, siempre insuficientes— sostengo conmigo misma largas conversaciones sobre la conveniencia de estas huidas, indispensables para poder desplegar el ovillo de mis pensamientos y poner algo de claridad en mis días, y sobre la necesaria visita a Estambul, para la que sería preciso crear una buena excusa.

Lo demás lo voy inventando casi sin esfuerzo de vuelta a casa, a cualquier casa: el trabajo o la búsqueda de él; las gestiones; los deberes, las citas impostergables. De escribir estas páginas nunca hablo, celosa, abrumada por tanta, tanta felicidad.

hamaca

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