En el Paraíso

Demasiado hermoso, el paraíso. Sabemos que no fue hecho para nosotras, farsantes y malogradas. Por algún azar caímos en él pero no nos pertenece. El paraíso está lleno de horas y árboles altos. De pájaros espléndidos. Tejido de palabras y de silencios. Y quiénes somos nosotras para disfrutar de todo esto sin haberlo ganado con mucho esfuerzo, sin estar desfalleciendo a cada minuto para lograrlo. Así que nos movemos acomplejadas y torpes, arrastrando los pies por la hierba fragante. Buscamos los huecos de sombra en los que poder ocultarnos de los ojos de Dios. Que Dios no vea que disfrutamos de un paraíso que no nos corresponde. Nos quedamos quietas, taciturnas, en esos agujeros a los que no llegan los rayos del sol; renunciamos a probar todos los frutos, a lucir nuestro vestido marino, y en su lugar comemos frugalmente y nos envolvemos en andrajos. Volvemos los ojos a nuestra indignidad de pequeñas orugas, deseosas de sentirnos mal. Yo soy una oruga y tú me das el paraíso, lloramos desconsoladas. Yo soy una oruga y tengo derecho a comer los frutos de tu jardín y a dormir bajo las hermosas estrellas que no me preguntan, a bailar y calentarme las manos al sol siempre dispuesto, a beber hasta saciarme el agua fresca de los manantiales.

A nuestro alrededor encontramos a otros y otras, también ellos habitantes del paraíso. Despreocupados, se tumban con descaro entre las flores y sonríen con el pecho desnudado al cielo. Y nosotras que nos sabemos indignas, los sospechamos indignos a su vez, porque los vemos tremendamente lejos de la perfección. Nos molestamos. Dios, ¿por qué los dejaste entrar? ¿No ves que no merecen llevar tu nombre ni vivir en tu casa? Y ellos, sin embargo, ellos que son como nosotras y que nada hacen para ganar lo que tienen, ocupan la tierra con toda alegría, arrancan las rosas y las ponen en jarrones a la puerta de sus casas; no sufren por no ser suficiente.

Nosotras sí. Sufrimos y nos empecinamos en alguna culpa antigua. En cierto momento creemos no poder soportarlo más tiempo y jugueteamos con la posibilidad de salir por la puerta de atrás sin despedirnos de nadie. Regresar a los mundos subterráneos de la carpintería universal, a los sucios pasadizos donde se fraguan el dolor y la pérdida. Podríamos haberlo hecho, hace no tanto, y así hubiera acabado nuestro relato. Aún no hemos aprendido a vivir en el paraíso, punto final. Es tan fácil, a veces, claudicar.

Pero en lugar de ese gesto poético y trágico, nos sentamos sobre nuestra carga de envidia y culpa, plantamos los pies en la tierra y respiramos hondo. Desde nuestro rincón en sombra seguimos observando, las manos abiertas, los ojos temerosos y voraces. Estamos en el paraíso, esa es la verdad.


Paul Gauguin
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