Lejos de casa

He vivido en muchas casas. Amplias, angostas, húmedas o calcinadas por el sol. Casas grandes y desangeladas de la periferia, surcadas por corrientes de aire, con postigos desencajados y tristes. Casas pequeñas y frías enraizadas en el bosque o suspendidas en lo alto de una colina, amigas de los pájaros y bien expuestas al viento, llenas de crujidos vegetales. Con trasteros inundados de cadáveres. Con terrazas gloriosas en las que beberse todo el sol de la primavera y todas las estrellas del verano. Casas habitadas por desconocidos, amigas o grandes amores. Casas silenciosas y eternamente vacías.

Como quien padece una dolencia incurable o una imposibilidad para el reposo, a lo largo de los años he ido coleccionando domicilios por un puñado de pueblos y ciudades. No todas me gustaban, es verdad, pero a todas las quise como a los amantes que sabemos que pasarán de largo. En todas quise dejar algo mío. Lo aceptaron gustosas sin dejar nunca de recordarme mi cualidad de intrusa. No nos engañas, parecían decirme. Y yo suspiraba y les daba la razón, herida y desdeñosa.

A todas mis casas llego desconfiada, inspeccionándolas a fondo con la ligera angustia de los principios. ¿Por cuánto tiempo podré soportar ese siniestro aparador y la luz turbia de la cocina, el vecindario ruidoso, la cama incómoda? ¿Me tocará pintar el pasillo, llamar al fontanero para reparar los desagües, escuchar cada día a Luis Miguel a través de la pared del dormitorio? Pero también, en algunas casas, me asalta el temor contrario, de tener que marcharme demasiado pronto, antes de haber disfrutado de los privilegios recién conquistados: las vistas de la ciudad, la chimenea, los bonitos azulejos del baño. Sea por necesidad de escapar o por el temor de tener que irme, la provisionalidad acecha desde el primer instante.

Siempre faltan muebles o utensilios en esas casas: un tostador, una sartén, un azucarero, una mesita baja; cortinas o pinzas de la ropa. Los primeros días proyecto y hago listas, cambio mentalmente el color de las habitaciones y la disposición de los muebles, me digo que he de pedir un taladro y una cubeta. Al cabo de las semanas he olvidado casi todos los proyectos que tenía: utilizo como mesa alguna de las cajas de la mudanza, robo las pinzas a la vecina y me acostumbro a no tener cortinas. Poco a poco voy llenando los rincones de piñas, guijarros y pequeñas conchas que recolecto en mis expediciones al mar o a la montaña, lo cual me crea una inigualable sensación de hogar. Así sigo semanas o meses, incluso un año; nunca mucho más. Luego sucede algo que clausura la época de esa casa a la que ya me había acostumbrado, y ante mis ojos se abre una nueva despedida. Regalo plantas, ropa y utensilios de cocina. Descubro con desaliento, una vez más, el peso de mis pobres posesiones, y me maldigo por no poder moverme con la ligereza de los beduinos o los cazadores del paleolítico. Los días antes de la mudanza tomo fotos de los cuartos y prometo volver al barrio, al pueblo o al país, a visitar a los compañeros si es que los he tenido, o a los vecinos si es que he vivido sola. Nunca regreso, y las fotos se quedan olvidadas en alguna parte hasta que acabo por perderlas.

Voy entonces en busca de otras casas que me ofrecen, al igual que la que acabo de dejar, compromisos breves y unos pocos momentos de descanso. No siempre me gustan, ya lo dije, pero las quiero porque sé que no me quedaré mucho en ellas. Mientras tanto, sigo soñando con acumular libros y macetas, saludar a los vecinos por su nombre, y comprar, al igual que mi madre desde hace treinta años, en la misma frutería. Amo la idea de tener muebles propios y hacer reformas en el salón o el cuarto de baño, adoptar un gato de pelo naranja y poder, en definitiva, llamar mío a un lugar.

Ahora que he llegado a una nueva casa, una con todas las cosas horribles y bellas de las anteriores, repito una vez más los viejos rituales. Abro las cajas y coloco mis piedras, mis piñas y mis conchas. No sé cuanto tiempo me quedaré aquí, pero hago listas y proyectos como si pudiera ser mucho. En el fondo, sé que mi casa está lejos todavía.

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6 thoughts on “Lejos de casa

  1. ay! la nómada que a pesar de serlo, no puede dejar de pensar en cómo sería ese espacio si el sedentarismo se hubiera apoderado de ella…qué bien explicado

    y luego, cuando llegas a esa utopía de la casa “tuya” o más bien, “del banco”, descubres que la sensación no es tan distinta, porque sigues teniendo que conquistarla, ponerle las piedras y las conchas…y descubres que las otras casa eran tan tuyas como ésta…

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    1. Si es que al final resulta que ninguna casa es “nuestra casa”, o que todas pueden serlo, según cómo lo vivamos. Resulta que estamos siempre de paso y hasta nuestro cuerpo, que es nuestra casa más verdadera, nos lo han prestado por un rato no muy largo… Al final, habitemos casas de nuestro casero, de nuestra familia o del banco, el desarraigo lo llevamos a cuestas, por lo menos algunos… En cualquier caso, mil gracias por escucharlo y por querer compartirlo, se siente una más “en casa”… 🙂

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    1. Faltaría más… Todo un honor y una alegría tenerte por estos recónditos dominios del ciberespacio, señor Ortega. Y mil gracias por ese texto tan borgiano o becqueriano o las dos cosas a la vez, que huele a lumbre… 😉 ¡Recomiendo a la comunidad del Nomadismo que lo lea sin falta!

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