Desde los bosques

Por amor a vosotras me hice cazadora. Por deseo de borrar vuestras heridas.

Os había observado muchas horas en la penumbra de las cocinas, tejiendo con las manos pequeñas y apacibles, o ajetreadas entre los fogones, o con los dedos agrietados y rojos a causa del agua fría de la fuente. Vuestros maridos os engañaban con poco disimulo; os pegaban, a veces. Vuestros padres os confiaban su vejez sin remordimiento. Vuestros hermanos recibían el aplauso mientras les servíais el plato de comida. En la frente llevabais tatuada la paciencia del animal de carga. Con los años se os avinagraba la sonrisa y se os cansaba el cuerpo. Vivíais para complacer. No es que vinieseis a lamentaros, es cierto, nunca lo hicisteis, pero sin una palabra yo adivinaba vuestros lamentos —¿me los imaginaba?—. Estaban allí en la sonrisa fija de cualquier fotografía, en los silencios, en la terca espera de vuestras noches.

Artemisa
Artemisa,  Joaquín L. Cruces

Así fue que por deseo de cumplir vuestros deseos, con vuestra complicidad y vuestra pena, huí de aquella casa en la que siempre ardía el fuego. Le pedí a mi padre un arco y corrí a los bosques como cualquier animal salvaje, y ante mis ojos se desplegó entonces el prodigio. En los bosques aprendí a disparar y a desollar las fieras, a recolectar el hipérico y el espino blanco, a descifrar la posición de cada estrella. En ellos me hice sigilosa y fría. Encontré a otras que vagaban sin armas y perdidas por la espesura, huyendo de casas que se parecían mucho a aquella de la que yo había huido. Las enseñé a cazar y se convirtieron en compañeras mías y así, juntas, resultábamos temibles.

Con vuestros maridos y vuestros hermanos, ya lo sabéis, nunca pude tener piedad. Si se atrevían a acercarse a alguna de nosotras sin haber sido invitados —y nunca lo eran— no erraba el tiro. Los desarmaba de un solo flechazo, y reservaba el siguiente apuntando al corazón. Pálidos y temblorosos como hojas de abedul, en nada se parecían a aquellos hombretones que hacía pocas horas bebían hasta desvanecerse en el burdel o hablaban de la guerra sentados a vuestras mesas. Yo, por diversión, los hacía bailar sobre ascuas encendidas, permanecer sumergidos en el agua helada de los arroyos o correr desnudos por toda la ciudad, y nos reíamos, no lo niego, porque en aquella época éramos vengativas y ocurrentes. Por eso me irritaba tanto cuando alguna de las vuestras acudía a suplicarme por sus vidas; a mí, cuya mayor felicidad hubiera sido la de traeros a vivir a mi lado, proporcionaros arcos y flechas, enseñaros a disparar.

Han pasado los años y seguís lejos. Nunca vinisteis a buscarme ni quisisteis empuñar un arma. Os quedasteis allí en vuestras casas, poniendo en orden la ropa de los armarios y amamantando a las criaturas. Yo, por mi parte, hace tiempo que empecé a aventurarme en los poblados en los que vive la gente, buscando un rastro vuestro y espiando por las ventanas encendidas a otras que son como vosotras fuisteis, y viven, al igual que vosotras, absortas en ocupaciones de las que nada entiendo. Para ganarme su confianza las ayudo en los partos si me lo piden, y soy la primera en bendecir los ojos transparentes de los recién nacidos. A veces pruebo a tentarlas y les hablo de los bosques, de la magnificencia y la libertad de los bosques. Ellas me escuchan por respeto y agradecimiento, como quien deja hablar a un invitado ilustre, pero sé que no les interesa nada de lo que les ofrezco. Me despiden con un adiós apresurado y vuelven felices a sus asuntos.

No dejo de soñar con esas mujeres. Veo sus faldas de campesinas y sus trenzas sueltas desplegadas con gracia, y algo en ellas me provoca un desconsuelo profundo. En los sueños se muestran conmigo hospitalarias y alegres: me invitan a acercarme a la chimenea y me hacen sentar en la cocina mientras pelan zanahorias o patatas. Por las habitaciones circulan los hijos y los maridos, y ellas les sonríen sin ironía. Me despierto con el pecho encogido y frío, y no consigo volver a conciliar el sueño hasta que cantan las primeras alondras.

Así que solo quiero deciros, a vosotras por quienes me hice cazadora, que lo siento de veras si os ofendí en algo. Que lo hice por fidelidad a vuestras heridas. Que nunca quise despreciaros, y si lo hice —y sé que lo hice— pago ahora el precio de mi soberbia con estas lágrimas que vuelven cada noche, que volverán mil noches todavía, y con esta certeza de saber que no fue admiración ni envidia lo que sentíais por mí. Que tan sólo era lástima.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s