Paisaje con barcos a la deriva

Deambulan sin sueño por un océano que les parece gastado, con los aparejos rotos y sin conocer siquiera el nombre de los vientos amigos. Tan sólo por algún azar se mantienen a flote, hecho siempre sorprendente aun para la propia tripulación, que, sin decirlo nunca en voz alta, desconfía profundamente de la resistencia de la nave y de sus propias capacidades. Desconocemos por qué navegan en semejante estado, y desde cuándo. Tampoco sabemos cuál es el puerto que anhelan encontrar, aunque de que anhelan un puerto no guardamos, al verlos, la menor duda. El puerto fue en realidad el único motivo de su decisión temeraria, y el único recuerdo que mantienen nítido de la época lejanísima en que existían en la quietud de aquel otro lugar del que zarparon. Lo más probable, sin embargo, es que lleven muchos años a la deriva y que esos años hayan vuelto su esperanza acomplejada y tenue.

Obsesionados con la idea del puerto y cargados de indisciplina, se debaten y giran en círculos a lo largo de varias millas, incapaces de aprovechar las corrientes. A menudo les parece encontrar aguas nuevas, vientos o aves desconocidos, y lo celebran echándose a dormir bajo las estrellas. No es hasta que encallan en el mismo banco de arena que habían creído dejar atrás hace semanas o meses que salen de su error con desaliento. A veces divisan perfiles de tierra a lo lejos, pero estos siempre les parecen hostiles, poco dados a ofrecer cobijo a los barcos extranjeros, así que luchan desesperadamente por evitarlos aunque no siempre lo consiguen. Hay noches en que el oleaje los empuja hasta la costa y los escollos les dañan la proa y los obligan a realizar cualquier reparación de emergencia a la luz de viejos candiles.

En el océano se topan de cuando en cuando con otros barcos a la deriva, con tripulación enflaquecida y sucia como la suya, con velas mal orientadas, con mástiles desmochados. Esos encuentros están plagados de cautela. Demasiado miedo a volcar o hundirse los hace limitar las efusividades. Se despiden pronto, después de haber intercambiado noticias y pobres regalos, deseándose suerte en el viaje y temiendo, con el fatalismo y la mezquindad que anima sus remos, que el barco que se aleja llegue a puerto antes que el que lo ve partir. Vuelven luego a la soledad estéril de la alta mar, y en la cubierta la madera gime como si estuviera a punto de quebrarse.

Hay ciertos días de calma, sin embargo, en que los barcos recuperan algo del coraje y la gracia que los llevó a zarpar. Se animan sus tripulantes calentándose los huesos al sol suave de la primavera y, al arrullo de una brisa que les parece que trae perfume de flores silvestres, se atreven de nuevo a soñar con el puerto blanco, el limonero y la buganvilla, la colina bien orientada sobre la que alzarán la casa, el amado o la amada que los espera. Sus ojos se pierden en el cielo despejado y se adormecen sin miedo, convencidos de que la nave resistirá todavía. Tan felices y tan agotados se sienten que olvidan, o fingen olvidar, que después de tanto tiempo siguen aún sin conocer el rumbo.

impresion-sol-naciente-lImpresión, sol naciente – Claude Monet
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