Réquiem incierto por una higuera

la higuera 1917[4]
La higuera 1917,   Hermenegildo Anglada Camarasa
Pasaba muchos ratos observándola desde las ventanas de nuestro cuarto piso. En verano y en otoño. El día de Año Nuevo. La noche de San Juan. Sin importarme el frío ni las quejas de la familia; terca, hipnotizada por el laberinto oscuro de sus ramas. Aquella higuera era el símbolo de todo lo misterioso y salvaje que podía existir en el mundo. Inmensa, destartalada, permanecía como una extraña reliquia olvidada por los avances de la modernidad, irguiéndose con una gracia antigua, sirviendo de cobijo a todos los pájaros del vecindario.

Presidía el jardín asilvestrado de una vieja casa al otro lado de la calle, el único lugar que mantenía su caos en medio de la ordenada cuadrícula del barrio. Como en los cuentos, la casa estaba habitada por una anciana —¿una bruja? fantaseábamos mi hermana y yo—, que no mostraba interés alguno en domesticar aquella confusión desatada de la naturaleza. La tapia del jardín era baja entonces, y por ella se derramaban espesas cascadas de jazmines y madreselvas. La higuera escondía el resto, de manera que nunca podíamos saber con certeza qué había allí abajo ni qué clase de hierbas mágicas cultivaba la anciana en su jardín. Para mí, imaginarlo era aún mejor que saberlo: la higuera nos protegía de las decepciones de la realidad.

Pero servía, además, a otros propósitos. La observábamos para calibrar la intensidad del viento y, en nuestra calle conquistada por el cemento, servía como anuncio infalible para la llegada de las estaciones. Empezaba a clarear su copa y poníamos las enaguas en la mesa camilla. Despuntaban los primeros brotes y se nos alegraba en secreto el corazón. Durante el invierno se mantenía regia y desnuda recordándonos la quietud, su corteza brillando con destellos de plata bajo los rayos oblicuos del sol. Era además el palco desde el que cada noche cantaba un autillo.

En algún momento la silenciosa anciana murió y alguien decidió que era importante alzar la tapia porque, de ser un hogar, el jardín pasó a convertirse en una propiedad que era necesario preservar. Desaparecieron los jazmines y las madreselvas pero la higuera, cada año más segura de mantenerse en su sitio, cada año más única, más desafiante, siguió desbordándose inflexible y callada, ofreciendo cobijo a todos los pájaros sin escatimar, ofreciendo el anuncio de las estaciones sin cansarse, ofreciendo la sombra, el cimbreo y el aroma intenso de sus frutos, el misterio y la calma y el reposo. Ofreciendo, ofreciendo, ofreciendo. La higuera era una ofrenda permanente, estaba ahí para cualquiera, incólume a las sequías y a los temporales. Durante más de treinta años la higuera fue toda ella una ofrenda para quien quisiera tomarla. Y sin embargo yo la descuidé, dejé que existiera sin saber todo lo que me daba, y cuando volvía a casa de mis padres la miraba distraída, como algo que se sabe que ha de permanecer y ya se ha conocido lo suficiente. La higuera, claro. No cabía duda.

Pero somos ingenuos y estamos dormidos, esa es la verdad. Pobres seres de corazones secos. De pronto un día, la higuera, felizmente olvidada por los avances de la modernidad, es descubierta por alguien, alguien que ve un obstáculo en lugar de una higuera, que ve un obstáculo en lugar de un cobijo, que ve un obstáculo en lugar de una ofrenda. Ese alguien no sabe de las contribuciones de la higuera en todos estos años, seguramente nunca la ha visto agitar violenta las ramas jóvenes resistiendo los vendavales, ni iluminarse, retorcida y quieta, bajo las últimas luces de la tarde. Es probable que ni siquiera haya vivido nunca en el barrio; no puede saber, por tanto, el sosiego de mirar el verde profundo de la higuera en los mediodías tórridos del verano, ni de caminar al resguardo de su sombra. Ese alguien no ha pasado sus años de niño sintiendo la visión inquietante y amiga de la higuera como una esperanza de misterio en este mundo demasiado iluminado. Así que no entiende; no puede entender. Sólo sentencia, y tiene el poder para hacerlo.

Hoy, por primera vez, un domingo en casa de mis padres en el que la higuera ya no está ahí. Queda en su lugar un breve muñón blanco y decapitado, del que me cuesta creer que la vida pueda volver a brotar. Mi padre asegura que sí, que en poco tiempo la tendremos otra vez frondosa y temible como antes, si es que la dejan, y al escucharlo me estremezco de pura esperanza. Si resistes y vuelves a lucir tu antiguo porte, le prometo, te rendiré todos los honores que mereces.

En silencio ayudo a mi madre a quitar la mesa, pero esta vez no arrojamos las migas de pan por la ventana como hemos hecho siempre: han huido, me explica ella, los pájaros del vecindario.

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