La señorita vaso medio vacío y yo

Digamos que la señorita vaso medio vacío no es precisamente fácil de contentar. En ningún caso la hubiera yo elegido para acompañar mis días, pero hay que tener en cuenta que a una persona como ella es difícil decirle que no, y por otro lado, la costumbre de tantos años ha hecho que le coja cierto afecto, afecto que ella aprovecha para hundirme y boicotearme siempre que tiene una oportunidad.

rotteneer

A la señorita vaso medio vacío le gusta, sobre todo, hacer recuento. Se le dan bien los cálculos y tiene una memoria prodigiosa que utiliza para recordarme viejas afrentas y momentos lamentables de mi pasado, o bien viajes y romances que, vaticina, nunca regresarán a mi vida. A menudo la encuentro revisando mis títulos académicos y mis escasos premios armada de almanaques y calculadora. Cuenta el dinero que gano y las horas que duermo, encontrando que el primero nunca es suficiente mientras que las segundas resultan excesivas. Cuenta además los hombres que me han declarado su amor y los que, por el contrario, me rechazaron, y aunque considero francamente que los hombres me han amado, de alguna manera consigue convencerme de que eran más numerosos los que no me quisieron o quisieron más a otras, otras que tenían también más méritos, más dinero y una figura más agraciada. Con todos esos datos hace medias de mis logros por año, y elabora tablas y gráficas que luego me muestra, apuntando a los picos invertidos con un dedo implacable, preocupada por la tendencia descendente de mis últimos tiempos.

Pero no te inquietes, me tranquiliza dando paseos por la cocina mientras le preparo la cena. Tengo un plan que hará que todo se solucione. Entonces saca su cuaderno de tapas grises y, con la meticulosidad de un general que combate en la línea roja, despliega ante mis ojos una larga lista de frentes que debemos atacar sin más dilación. Y es que la señorita vaso medio vacío tiene una idea muy precisa de mí y de todo lo que me falta. Sabe, por ejemplo, aunque he intentado ocultárselo, que mi inglés es mediocre, mis escritos escasos, mis conocimientos reales sobre cualquier materia, poco acordes con los títulos que tanto le gusta mirar. Sabe que la soledad me abruma a veces, y que me resulta difícil estar en el mundo sin angustia. Que me paso días enteros sin hablar con nadie y horas enteras sin hacer nada que ella considere de provecho, y que casi nunca acepto invitaciones ni devuelvo las llamadas . Considera, además, que mi casa no es un entorno apropiado para desarrollar mi potencial y que tendría, por tanto, que cambiar los muebles y el color de las paredes, hacer reformas y comprar lámparas, o tal vez conseguir que los vecinos se fueran a otro lugar; o, mejor aún, buscar una nueva casa con terraza y jardín y vistas al mar, casa para la que necesitaría, lo sabemos ambas, cierta cantidad de dinero de la que nunca dispongo.

Después de la cena, mientras mi angustia va creciendo, la señorita vaso medio vacío se pierde en largos monólogos en los que enreda cada vez más los argumentos, los frentes abiertos y las acciones necesarias para superarlos. Yo, que confío en sus cualidades de mando, le pregunto humilde y desesperada por dónde empezar, con respuestas bastante confusas por su parte. Me sugiere que empiece por la casa, pero enseguida se da cuenta de que para solucionar la casa, antes hay que ocuparse del dinero, y que para eso es imprescindible resolver el asunto del trabajo. En el trabajo tenemos todo un mundo de posibilidades: la señorita vaso medio vacío cree importante seguir recabando méritos, y al mismo tiempo venderlos con total seguridad al resto del mundo. No podemos defraudar a la familia, me dice. Pero sabe que mi trabajo no puede ser cualquier trabajo, y en el fondo le entusiasma la posibilidad de que yo sea una escritora famosa algún día, y ya ve nuestro nombre impreso en las solapas de muchos libros de grandes editoriales, por lo que concluye que debo leer, estudiar y escribir sin descanso. ¿Cuándo venderé mis méritos, entonces? pregunto yo con timidez. ¿Cuándo ganaré dinero? ¿Cuándo arreglaré mi casa y dejaré de defraudar a la familia? La señorita vaso medio vacío se exaspera ante tantas preguntas que para ella tienen respuestas evidentes. Despliega ante mis narices su almanaque surcado de anotaciones en rojo. Saca su agenda y la esgrime triunfal, leyendo despacio, con voz bien modulada: 16 de Abril, martes, 7:30 de la mañana, sesión de yoga; 9, desayuno; 9:30, artículo para la universidad; 11:30, correos y gestiones varias; 13, hacer la compra; 14:30, comida con papá y mamá; 16:30, relato para concurso X; y así sucesivamente hasta terminar el día.

Leído por ella, todo parece, en efecto, muy sencillo. Escucho exaltada su arenga sobre la capacidad de planificación, la confianza en una misma y la fuerza de voluntad, y casi llego a sentirme parte del sueño americano aunque me encuentre a este lado del Atlántico. Pero luego llega el martes 16 de Abril y amanezco con la regla o con algún virus incubándose en mi cuerpo, me paso una hora al teléfono hablando de Dios y de la vida, y otra leyendo a Thoreau o llorando sin un buen motivo, y ella me mira entonces sacudiendo la cabeza, como quien observa a una yonqui o a una enferma terminal. ¿Estás segura de que no deberías visitar a un terapeuta? me pregunta con el rostro compungido. Y se queda a la cabecera de mi cama mientras estornudo y me contraigo dolorida, poniéndome ejemplos de conocidos nuestros que saben resolver con eficacia los asuntos de su existencia.

Digamos también que, mientras escribo esto, la señorita vaso medio vacío no deja de meter su nariz puntiaguda en la página, enarcando una ceja o las dos, lanzando pequeños suspiros a cada palabra, poniendo los ojos en blanco. Considera que debería escribir todavía muchas, muchas palabras, y tal vez estudiar gramática, ortografía y estilo, leer los siete tomos de En busca del Tiempo Perdido y las obras completas de Balzac, y tal vez la Divina Comedia, para poder escribir algo con ciertas garantías. Yo me escapo continuamente de su vigilancia, o lo intento, porque es muy rápida a pesar de esas faldas estrechas que usa, y juego en secreto con las palabras que me gustan, sintiéndome muy afortunada. Entonces llega ella, deja con cuidado sus libros en una esquina de la mesa y sonríe condescendiente. Como si amaestrara a una niña un poco subnormal, me hace notar las repeticiones, las aliteraciones, las metáforas poco logradas. Me señala, al final, algún problema de fondo o de enfoque en el discurso, y acaba concluyendo que lo que cuento carece de originalidad. Solo cuando estoy a punto de echarme a llorar se ablanda un poco y me insinúa que tal vez mañana sea un día mejor.

Luego acude tranquilamente a sentarse al borde de su silla y realiza enérgicas anotaciones en el cuaderno de tapas grises, o bien se dedica a inspeccionar con horror el contenido de los cajones de mi escritorio, o pega la nariz a las montañas de ropa blanca para comprobar su aroma.

Cómo es que aún no la he estrangulado, es algo que tiene mucho de misterio hasta para mí misma. Tal vez sea esa seriedad con la que se comporta la que me inspira ternura. Porque si hay algo que la señorita vaso medio vacío no sabe y yo sí, algo que acabaría con ella en un instante y la dejaría llorosa y descorazonada, que le arrebataría de un plumazo todos sus argumentos y la haría desistir de las anotaciones en su cuaderno de tapas grises, es que nada de lo que dice o hace tiene, en realidad, la menor importancia.

 

 

 

 

 

Anuncios

2 thoughts on “La señorita vaso medio vacío y yo

  1. Buenas Cristina,

    enhorabuena, un texto con mucho temperamento, divertido y muy dinámico. Yo conozco un tipo al que he decidido llamar el ahuyentador que debe ser primo de la señorita medio vacío. Siempre he pensado que se debe escribir, pensar y vivir sin presiones añadidas, que son absurdas, que son pedazos de nosotros mismos que podemos arrancar, aceptar, convivir o anestesiar, pero jamás podremos matar porque son parte de nosotros mismos. No es que sea mayor problema, pero conviene aplicar esa medicina que comentas en el final si de verdad queremos vivir con un mínimo de tranquilidad.

    Saludos!

    PD: Creo que es le entusiasma.

    Me gusta

  2. Gracias por la visita y las palabras, Rafa! Pues sí, me suena que esta chica me había hablado de un pariente suyo, creo que tiene varios… Todos cuentan con el mismo aire de familia, como de fastidio. No son mala gente, simplemente hay que hacerles el caso justo para que, como tú dices, esto de vivir no se convierta en una pesadilla continua. Dedicarles alguna página siempre los pone de buen humor, así que lo recomiendo como terapia.
    Un abrazo, y sí, tienes razón con el “le”, se me coló… 😉

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s