Esplendor y decadencia de la rosa

La rosa no es, al principio, más que una posibilidad. Protegida por el botón áspero de su cáliz, resulta aún demasiado frágil como para que podamos garantizar su existencia. Sabemos que hay plagas, ráfagas de viento y niños desconsiderados que la amenazan, y aun cuando rezamos para que sobreviva a todos los infortunios, lo cierto es que no tenemos la menor idea de cuándo, cuánto, de qué manera. La rosa es un puro interrogante en nuestra vida, ensimismada y hermética, guarecida entre las espinas por pudor de mostrarse demasiado bella. Nosotras, que adoramos todo lo que se oculta entre espinas, la observamos con desvelo día tras día. ¡Ah, pero qué astuta es! Tan lenta que nos engaña. Sólo cambia cuando dormimos o cocinamos, y el resto del tiempo permanece inmóvil, burlándose de nuestra vigilancia.

Tan despacio que nuestros ojos nunca llegan a percibirlo hasta que ya es tarde, la rosa va extendiendo con delicadeza los pétalos tiernos, un rojo que es un escándalo, un aroma que es una declaración de amor; tan despacio y con tanta delicadeza que no estamos seguras de si podemos darla por terminada. Nos acercamos cada día a mirarla y no puede ser: cada día más radiante, cada día el rojo más escandaloso. Cada día nos enamoramos de ella un poco más, hasta límites intolerables. Ante la rosa, nos convertimos en ladronas al acecho.

rosasY entonces, cuando casi nos hemos acostumbrado a tanta excelencia que no acaba, la rosa comienza a desfallecer. En un día —sólo en un día— el rojo de los pétalos se destiñe, pierde la tersura, y la rosa inclina la cabeza y cae en una languidez que nos llena de pesar. El cambio nos golpea como un dolor físico. Por mucho que queramos protegerla del sol —ahora sabemos que el sol la calcina como un horno— sólo nos queda asistir impotentes a su deshoje. ¿La habrá matado demasiada codicia? nos preguntamos con aprensión. Todavía desconocemos la naturaleza efímera de la rosa y, lo que es peor, estamos poco dispuestas a asumirla. Guardamos, además, todos esos viejos sentimientos de culpa listos para saltarnos a la cara a la menor ocasión. Tememos haberla agotado a fuerza de disfrutarla. Debimos guardar algo para después, nos decimos con tacañería calvinista; tuvimos que anhelarla con comedimiento. Pero es que, disculpen, señores, no es posible disfrutar de la rosa sólo hasta donde nos conviene. Cualquiera que haya contemplado una lo sabe. La rosa exige una devoción sin medias tintas que no profesamos al resto de las flores. Parece inocente, pero nos vuelve víctimas suyas.

Así que la lloramos, la lloramos con el mismo empeño incrédulo con que la espiábamos los primeros días, porque no sabemos despedirnos de otro modo. ¿Qué duelo se le hace a una rosa? ¿Qué ofrendas se le otorgan, si no hay ni tumba donde grabar un epitafio? ¿Cómo podemos estar seguras de que ha existido, de que fue de verdad para nosotras, si ya vamos perdiendo el recuerdo de su olor?

Torpes recaudadoras de la vida, tan distraídas andamos lamentando su pérdida que ni siquiera vemos las docenas de rosas que la circundan. Todas a punto de florecer.

 

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3 thoughts on “Esplendor y decadencia de la rosa

  1. Me aterra un poco el texto. Si la rosa adquiere tal dimensión, me veo en poco tiempo una masa enfurecida reivindicando sus derechos, partidos de ayuda contra el maltrato florista y promulgando leyes que la equiparen a los seres humanos.

    Bromas sin gracia aparte, creo que le has sacado mucha punta a la personificación, hasta dotarlo de vida propia de forma natural e incuestionable. Me quedo con “Cada día nos enamoramos de ella un poco más, hasta límites intolerables. Ante la rosa, nos convertimos en ladronas al acecho”.

    Un placer leerte!

    PD: Buena metáfora de lo que le ha sucedido a cierto partido político que empuña una rosa ya marchita.

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  2. Bien miradas, las rosas dan para mucho, desde partidos políticos a momentos que nunca vuelven (y que sin embargo siempre están sucediéndose, efectivamente). ¡Vivimos en un inmenso jardín! Alegrémonos por ello 😉
    Gracias, amigos! Y disfrutad de las rosas, que ya llega el calor…

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