La felicidad es comerse un polo

A lo mejor la felicidad es esto, comerse una tostada de aguacate, apurar la taza de té en el sofá mullido de tu casa, escuchando las golondrinas a través de la ventana abierta porque todavía no arrecia el calor, y tener una mosca merodeando tu oreja. Eso no es tal vez muy agradable pero tiene algo de consoladora compañía: estáis tú, las golondrinas y la mosca. La taza de té. El sofá mullido, que ni siquiera tuviste que pagar como hace todo el mundo.

La felicidad tiene que ver seguramente con regar tus plantas y verlas crecer —a falta de hijos, las plantas tienen sus ventajas—, y con limpiar el polvo de vez en cuando.  Con pasar una tarde en la piscina que tu familia esconde en algún pueblo inhóspito pero no tan lejano, o en la de una amiga que consiguió una ganga de casa con frutales y parterres llenos de flores aunque con una instalación eléctrica penosa. Hacer varios largos, entonces, en esa piscina, y tumbarte al sol siguiendo los dictados médicos que te recomiendan la energía solar para curar tus males, o mantener una conversación dilatada y liviana con tu amiga mientras cambia pañales y sermonea distraída a las niñas.

Tiene que ver con pasar la mano por los setos de lavanda y con robar flores de jazmín para guardarlas en el pecho. Con escuchar las cigarras o hacer un bizcocho de chocolate y frambuesas. Y, muy probablemente, también, con dormir de un tirón toda la noche sin que te despierten los mosquitos, con depilarte las piernas y pintarte las uñas, y tener siempre a mano fruta fresca y buenos libros, mercancías valiosas con las que poder resistir las horas tórridas del mediodía.

Sospechas —y esto lo sospechas con fiereza— que la felicidad se parece mucho a pasear por las plazas de la ciudad de madrugada, oyendo el eco de las propias pisadas, cruzarse con un gato o dos, celebrar el encuentro con un tilo, y luego con un galán de noche, y más adelante con una madreselva y hasta con una celestina, que no huele a nada pero es tu debilidad por razones que no vienen al caso. Y que el cielo sea ese lienzo misterioso donde se van depositando las estrellas fugaces y los deseos de los enamorados mientras te acompañan los grillos y el ladrido solitario de algún perro y los recuerdos de las madrugadas de otros países que amas. Y, si eres afortunada, vivirás la felicidad suprema de cruzar todas esas calles en moto después de un concierto al aire libre, porque algún amigo servicial y bien situado también vive, qué alegre coincidencia, en la misma periferia que tú, y podrás dejar que la brisa nocturna juegue con tu pelo y te levante la falda y llegarás toda fresca y despeinada, deseando de pronto que tu casa esté mucho, mucho más lejos.

Tal vez la felicidad es atender a turistas risueños y dubitativos, y presenciar el anochecer en un valle frondoso. O rellenar la taza y que aún quede té en la tetera. O lavar prendas delicadas o teñidas en India y dejar que las manos chapoteen como colegialas en el agua
fría del lavabo. O descubrir una fuente de piedra como un oasis en medio de la calle
excavada por el sol. O encontrar, por casualidad, a personas que aprecias pero que no
figuran en tu agenda; hablar con ellas sin prisa, del calor que no nos deja y de la vida, de la muerte trágica de alguien hace ya muchos años; despedirlas con la alegría de los que no necesitan ser amigos para quererse. Ir al cine de verano. Comprar tomates o una maceta de albahaca. Mirar viejas fotografías y cantar a voz en grito “Il ragazzo della via Gluck”.

A lo mejor la felicidad es más fácil de lo que te supones, incluso en este domingo de Julio. O como dice mi amiga, que conoce bien el tema porque tiene hijos pequeños: la felicidad es, a fin de cuentas, poder comerse un polo.

La felicidad es comerse un polo

 

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2 thoughts on “La felicidad es comerse un polo

  1. Precioso viaje por esa felicidad cercana de la cotidianeidad. Esa que tenemos al alcance de lo que da el brazo o casi a pedir de boca. Como el encuentro de ayer. De esos fugaces pero que se quedan para siempre. Felicidades

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    1. ¡Muchas gracias por la observación, Paco! La verdad es que, como soy lenta en entender algunas cosas, me ha llevado bastantes años darme cuenta de que la felicidad reside en las distancias pequeñas y no en los grandes horizontes —¿factores sociales o carácter congénito? Probablemente un poco de cada ;)—, y aun así a veces lo olvido. Pero por suerte la vida siempre nos sorprende con regalos que sirven para recordárnoslo. Ojalá que se repitan esos mágicos encuentros molineros! Un abrazo

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