De vuelta

El pueblo sigue en el mismo lugar, con el aspecto apacible de siempre, rodeado por el resto de pueblos diminutos que salpican la montaña. Sigue existiendo el sendero que conduce a las viñas, el de la Acequia Real, el de la era. Siguen la plaza y la iglesia, y las plazas y las iglesias de los pueblos vecinos. Algún bar ha cambiado de dueño. Alguno ha cambiado de clientes o de cocinero. Pero la sierra sigue conservando su hechizo bajo la luna de agosto. Y siguen los arrendajos sobrevolando el valle, y el río derramando sus aguas rojas por los peñascos. Llegan los turistas risueños y alborotados, se detienen a beber en la fuente, toman la misma foto desde lo alto de la carretera, y parece que el tiempo no hubiera pasado.

Luego, al cabo de los días, empiezo a observar los verdaderos cambios: un par de campos baldíos que recuerdo bien frondosos, engullidos ahora por la maleza. En el pueblo, algunas puertas cerradas, y el silencio pacífico de los lugares que se resignan a ser borrados por el tiempo. Parece poca cosa.

No hace tanto que yo vi florecer aquellos bancales, desbordados de verde, rojo y morado, custodiados por manos infatigables. Los vi brillar de agua bajo el sol naciente como espejos de la mañana. Vi los manzanos bien podados, injertados de no sé cuántas variedades traídas de tierras del Norte. Me maravillé de los surcos y el encañado perfecto por el que trepaban las tomateras, de los márgenes limpios y las piedras situadas con tino y esmero en los balates. Del agua corriendo como un canto, ayudada por aquellas manos pacientes y hábiles, manos nudosas que eran como bailarinas moviéndose entre tanto verde. Hace no tanto, me senté delante de aquellas puertas y aquellos campos, pronuncié un nombre, sonreí a quienes lucían aquel nombre con el gesto severo y franco.

El cambio es, por tanto, imperceptible y cruel; nadie podrá decir que no sigue siendo hermoso el valle, que no son pintorescas las calles y las chimeneas, que no es deliciosa la panorámica desde la era. Nadie podrá entristecerse en medio del alegre murmullo de los bosques. Los turistas seguirán tomando sus fotografías y aparecerán nuevos locales con encanto. El lugar seguirá siendo hermoso, hermoso como los lugares que aprenden a vivir convirtiéndose en fantasmas de sí mismos. Atraerá a los forasteros que, como yo —porque también yo soy forastera, ay— buscan la tranquilidad de un retiro. Y a la vez se irá desvaneciendo junto con la estirpe de mujeres y hombres que le dieron el aliento.

Así, desaparecerán definitivamente los recuerdos de los bailes donde las muchachas eran cortejadas, sus risas caudalosas, la música de las serenatas junto a los balcones abiertos. Desaparecerá la memoria de los niños jugando por las calles embarradas, la discusión de los hombres junto a la alberca, las voces de las mujeres en el lavadero. Y no habrá ya nadie que se extrañe de ver los campos baldíos y las acequias calladas, nadie para recordar el molino ni el año de la sequía, para contar cuándo se hizo la carretera, cuáles eran los nombres de los parajes y cuál el apellido de los que se marcharon a hacer fortuna a las Américas para no regresar.

Quedará la montaña, silenciosa, amurallada bajo la luna, las viñas salvajes, los castaños, el mar de nubes en las tardes en las que sopla el Poniente. Quedará mi tonta nostalgia de forastera, mis historias de tercera mano, mi ilusión de querer detener el tiempo o la vida. Un día, también esto desaparecerá.

Mecinilla recorte

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s