Esperando la lluvia

Hasta que cae la primera gota, como un espejismo. La segunda, como un terremoto. La tercera, como un himno. Hasta que la gota primera y la segunda y la tercera se transforman en una orquesta de gotas que interpretan la pieza fundamental y antiquísima de la lluvia, ese fantasma de las ciudades tocadas por el amor.

Así, bajo la lluvia, la ciudad se anima como si despertara de un sueño. Se redime de los días implacables de tanta parálisis. Los plátanos de sombra estremecen de dicha sus hojas polvorientas, reviven los jazmines y las rosas desmayadas de los jardines públicos. Cae la lluvia sobre el río, coreándolo en su manso discurrir, agitando con suavidad los cañaverales. Limpia los parabrisas de los coches y los bancos de los parques, y convierte las baldosas pulidas de Plaza Nueva en una pista de patinaje. Salpicando entre los adoquines, moja los pies desnudos de las muchachas. Bajo la lluvia, los perros se pasean taciturnos y erizados buscando dueño. Se despliegan los paraguas. Se ensucian los pantalones. Los soportales y las marquesinas de autobús se convierten en una fiesta improvisada.

Trae, esta lluvia, una excitación general y una inexplicable alegría. ¿Por qué sonríe la gente con el flequillo húmedo pegado a la frente y una bolsa de papel deshaciéndose entre sus brazos? ¿Por qué no se resisten las señoras? ¿Por qué existe esa tensión y ese alborozo de niños en el recreo? Es que la lluvia, magnánima, perdona todos los errores. Promete nuevos comienzos, y los comienzos, se sabe, siempre son motivo de tensión y alborozo. La lluvia arrastra por las alcantarillas rumorosas los últimos hilos de la nostalgia del mar, las ganas rezagadas de seguir viajando. Se lleva ese romance estival y ese hastío y esa pena indescriptible del final del verano. Si algo se mantenía aún sujeto a la ilusión de poder existir en un espacio donde el tiempo no pasase, ese algo se disuelve en el repiqueteo sordo y fragante, en el primer viento que baja por el valle. Adquieren sentido, entonces, los letreros luminosos y los cafés atestados —qué pobres y absurdos parecían hasta hacía muy poco—; las zapaterías y los bazares chinos, los teatros, los taxis.

Hay grandes proyectos que esperaban el momento de brotar al son necesario de esta lluvia. Y brotan, ay, cómo brotan. Los viejos muebles en la basura, las habitaciones por pintar, los cursos de inglés, de francés y de árabe, las asociaciones de padres, las bicis nuevas, los cambios de peinado. La lluvia despierta una energía febril. Pero también aplaca. Y aunque todos la reciben con alivio, al menos hoy, al menos ahora que cae como un bálsamo restañando las heridas, está pensada para espantar a los cobardes de las calles usurpadas, para devolverlas a su lánguido latir de enamorado. Llegará un día en que la lluvia sea otra cosa para los habitantes de la ciudad, pero eso queda olvidado por el momento. Quién piensa ahora en ella como una amenaza. Quién añora caminar descalza por los bosques o por la arena de una playa surcada de caracolas. Quién se acuerda de los bosques, de las caracolas. ¡Ah, la vida nos espera detrás de la lluvia! Y apremia. No hay lugar para melancolías. Esta lluvia otorga a quien la goza la cualidad del olvido.

De lo contrario, no nos sería posible regresar.

musician-rain
Montbéliar, músico en la lluvia. Robert Doisneau

 

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2 thoughts on “Esperando la lluvia

    1. Sí, lo he escrito a modo de conjuro de “rainmaker”, a ver si el cielo se anima pronto y nos regala más tardes de esas de mojarse felizmente los zapatos… Gracias a ti por recordarme que estás al otro lado.

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