El verano ya no está aquí

El verano es un estado de ánimo. En algún momento quedó fijado en nuestros sueños como el territorio de todas las posibilidades, como la promesa de algo que no se tiene y se necesita. Es esa región fronteriza en la que transcurren los idilios y los descubrimientos, en la que parece que todavía podemos escapar de la eterna insatisfacción de la vida.

Aquí os dejo un fragmento de uno de los cuentos que forman parte de El verano ya no está aquí (editorial Nazarí), retoño literario felizmente esperado y que tendré el placer de presentar en Granada el próximo viernes 4 de noviembre. Por supuesto, estáis todos invitados.

“Desde pequeña, adoraba aquella película: Audrey Hepburn a lomos de la Vespa, la falda amplia, la risa desatada, Gregory Peck aferrándose asustado a aquella cintura que era la envidia más absoluta para una niña que aún no contaba más que con sus formas de niña, formas que —entonces no lo sabía— jamás se parecerían a las de mi adorable Audrey. Audrey cortándose el pelo. Bailando bajo los farolillos en las barcazas del Tíber. Adelantando la mano, temerosa, en las fauces de la Boca de la Verdad. Audrey durmiendo apacible en un banco y comprando un helado cerca de Piazza di Spagna. Me sabía de memoria aquella película. La veía sin cansarme, con mi hermana, a veces también con mi madre. Sonreíamos siempre con las mismas escenas. Repetíamos los diálogos en voz baja. Todas amábamos a Gregory Peck. Y no nos cansábamos de Audrey. Ni de Roma. 

Supongo, entonces, que comenzó así, y así crecí con el deseo secreto y desesperado de vivir en la ciudad; de pasear, también yo, por el lungotevere y admirar la vida bulliciosa de las plazas. Miraba las postales del Coliseo que unos amigos de mis padres habían enviado hacía años, durante su viaje de novios, y las que trajeron de San Pietro unas tías beatas del pueblo que, armadas de rosarios y bicabornato, habían ido al Vaticano para cumplir su sueño de ver al Papa antes de morir. A través de aquellas postales, de los relatos confusos y piadosos de las tías y de la siempre inagotable filmografía, me iba construyendo mi imagen particular de Roma, aquel escenario detenido en algún punto impreciso de los cincuenta repleto de monjas, gordas estanqueras y americanos alcohólicos o endeudados.

Para mi familia, sedentaria y proletaria desde tiempos inmemoriales, viajar a Roma, no digamos ya vivir en ella, era un asunto peligroso y completamente innecesario. Tuve que mantener mi plan en secreto y alimentarlo durante años en la soledad de mis horas de estudiante. Me quedaba despierta hasta tarde fingiendo que preparaba exámenes decisivos, pero en lugar de eso veía por séptima vez La Dolce Vita o Caro Diario y guardaba monedas en una hucha escondida en el último cajón de mi cómoda. Daba clases particulares y aceptaba trabajos que se me hacían más livianos recordando el fin al que servían. Mientras tanto, Roma se iba fraguando en mi imaginación, noctámbula y barroca, habitada por gigolós, bohemios y anarquistas.”

“Los días en Roma”

invitacion-verano-granada-04-11-2016

 

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