El arte de caminar

“En el transcurso de mi vida, solo he conocido una o dos personas que comprendiesen el arte de caminar.”

H. D. Thoreau

Ahora que es invierno y la ciudad me atrapa con más eficacia, añoro el delicado arte de caminar. La ciudad, cómoda y ruidosa, llena de luces, de casas con calefacción, me recuerda el frío y el barro de los senderos de montaña, el peligro de la lluvia y la oscuridad que llega demasiado deprisa. Me trae citas, compromisos, todo tipo de ocupaciones. Me invita a los amplios bulevares y a las plazas donde deslumbran árboles eléctricos y falsas pistas de nieve. Me ofrece, a modo de consuelo, paseos dominicales por el centro atestado o por parques de inconfundible aire doméstico donde pedalean los triciclos.

Yo, que no me conformo con facilidad, espío el cielo y me sorprendo por enésima vez de esta vida de horizontes pequeños. “Soy del tamaño de lo que veo” dice Pessoa a través de Alberto Caeiro, (¿o es Alberto Caeiro el que habla a través de Pessoa?). Y Thoreau, “¿qué sería de nosotros si camináramos solo por jardines y avenidas?”

Parece, pues, innegociable acudir a las afueras, evitar el asfalto y los caminos de albero y grava bien dibujados, salir de la confusión, para poder caminar como es debido. Hay que saber guardar silencio y dejar el teléfono en casa. Y aun así, al principio la confusión nos persigue. Hay que vencer, además, el miedo a improvisar el recorrido, a escoger senderos que no sabemos a dónde conducen , a encontrar macizos de zarzas o deslizamientos de tierra o caudales crecidos con los que no contábamos.

El arte de caminar requiere profundas dosis de desapego. Durante unas horas (no sabemos cuántas) dejamos atrás nuestra casa y nuestros seres queridos, todo lo que nos resulta cálido y familiar. Nunca estamos seguros del regreso. Los pasos nos alejan, cada vez más, de todo aquello que nos proporciona un nombre; a más pasos damos, menos logramos reconocernos. A más pasos, menos ataduras, más extrañeza. Y la tentación un poco malévola de no detenernos jamás.

Caminando, buscamos. ¿El qué? Eso es difícil, nadie lo sabe. Sabemos solamente que lo que buscamos debe de estar unos metros más allá, tal vez unos kilómetros, al otro lado del valle o en lo alto de la cima. Es esa inquietud de la búsqueda la que empuja a los caminantes advenedizos a convertirse en verdaderos caminantes. Así que, aunque la inquietud me importune a menudo y me llene de preguntas la cabeza, no me preocupo: sé que cumple una función valiosa.

Pero, al principio, dije, persisten la duda y la pereza, la extrañeza y el miedo: ¿A dónde voy? ¿Por qué me alejo tanto? ¿Será peligroso ir por aquí? ¿Y por allá? ¿Qué estoy haciendo, si no se ve un alma? La bota me hace una rozadura, y no estoy segura de que vaya a llegar a ninguna parte. Pierdo el tiempo, pierdo el tiempo, y tengo tantas cosas que hacer…

No hay que preocuparse, repito. No me preocupa. La inquietud se agota a sí misma en algún punto del camino. Y una vez agotada sobreviene la calma. Brotan los tesoros. Me doy cuenta de que puedo caminar. Soy dueña de mis pasos. Formo parte de la vida. Inaudito. Por algún tipo de milagro, el caminar me devuelve algo esencial que habita en un rincón mío poco visitado, eso que existe sin desvanecerse, que es libre y salvaje y verdadero, que no puede comprarse ni regalarse, que no se guarda bajo llave ni se anuncia en los periódicos. Bajo mis pies hay crujidos de hojas, y murmullo de ramas mecidas por el viento sobre mi cabeza. Pequeños animales me escuchan, agazapados en sus escondites de invierno. En los recodos umbríos se ocultan los helechos y diminutos cristales de escarcha. Cantan con delicadeza los pájaros del frío. De vez en cuando, otro paseante se cruza en mi camino. Nos saludamos con brevedad, conscientes de que la quietud es un regalo que merece ser cuidado. Los árboles eléctricos allá en las plazas parecen de pronto más incomprensibles si cabe. Me maravillo.

Así que, ahora que la ciudad atrapa con más eficacia y parece sacudida por la fiebre, que los bosques y los silencios son cada vez más escasos en nuestra vida y empiezan a faltar los refugios; ahora que nos hemos resignado de una vez a no descubrir nunca más tierra virgen y nos hemos acostumbrado al césped artificial y a la nieve artificial y a las palmeras casi artificiales que bordean los centros comerciales; que hemos claudicado ante Santa Claus y subido a los Reyes Magos a camiones de la basura cubiertos de celofán; ahora que creemos en el cava y el mazapán como medicina para nuestras dolencias, y nos sentimos buenas personas viendo “Qué bello es vivir” y nos dejamos convencer de que el amor es una cena; ahora que es tan fácil perderse y tan difícil llevar la contraria, yo me propongo, nos propongo, el cultivo de este arte arriesgado de caminar.

paseantes-solitarios

 

 

 

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