Empleada

Lo cierto, señores míos, es que yo ya tengo un empleo. Un empleo que me absorbe y exige como tantos empleos absorben y exigen a sus empleados. Que provoca no pocas bajas por ansiedad o depresión, ataques de inseguridad y graves problemas de autoestima. Lo cierto es que yo misma, todavía intacta a pesar de esos abismos, lo voy aprendiendo a base de tropiezos y desconcierto, de ahogarme muchas veces en las mismas palabras y en amenazantes horas vacías.

Lo cierto es que mi empleo es tomado poco en serio por el resto del mundo, incluida yo misma, de manera que con frecuencia me veo obligada a fingir que no existe y, lo que es peor, hasta llego a creérmelo. Entonces busco otros empleos, estos sí, aceptados y reconocidos, y durante algún tiempo disfruto de la tranquilidad de lo que no tiene que explicarse. Tarde o temprano, sin embargo, mi verdadero empleo se acaba imponiendo al resto de empleos advenedizos, y como me reclama y yo soy sensible a ciertos reclamos, descuido fácilmente los otros y termino por prescindir de ellos, sabiendo como sé que pierdo mucho en lo que a estabilidad, aceptación y condiciones salariales se refiere.

Es difícil explicar a los demás que mi empleo me reclama igual que a ellos el suyo, sobre todo teniendo en cuenta que ni ellos ni yo confiamos demasiado en su existencia. Creo que necesitaría un contrato, y a veces he pensado en falsificarlo para esgrimirlo como defensa ante ciertas miradas y ahorrarme, de camino, todas esas excusas y justificaciones para las que la voz se me ensombrece de culpa. Tal vez entonces los demás no tendrían que instigarme a buscar otro empleo creyéndome desempleada y haciéndomelo creer, ni me sugerirían actividades claramente incompatibles con el empleo que ya tengo, ni me propondrían una y otra vez quedar durante mis horas de trabajo —horas que, lo sé, son peregrinas y aleatorias, pero no menos que en tantas otras ocupaciones—. Ay, pero así es el empleo. Sin credenciales. Sin nóminas. Sin premios Pulitzer.

Una de las tareas más arduas es, por tanto, recordar que lo tengo. ¿Desde cuándo? No sabría decirlo. Me recuerdo empleada ya de niña mientras mis padres, pobrecitos, creían que me entretenía con juegos inofensivos. ¿Quién me lo ofreció? Como soy romántica y un tanto vanidosa me gusta pensar que para el empleo se nace, algo así como una fatalidad del destino —porque quién está dispuesto a asumir, si no lo obligan a ello, que su vida vaya a estar supeditada a este empleo fantasma para el que nunca se dispone del currículum adecuado—. Así que puedo decir que sí, que nací ya con el empleo o, al menos, con la predisposición a ser una buena empleada. Eso no supone, sin embargo, ninguna garantía. La empresa me ha condenado luego —como hace con todos sus trabajadores— a un larguísimo periodo de prácticas del que tal vez nunca llegue a desembarazarme. Esa es otra de las tragedias del empleo: nunca lo desempeñaré con la tranquilidad bondadosa de quien ha aprendido. Por el contrario, al no existir en el sector estudios reglados, asesorías ni sindicatos de trabajadores —quienes aceptamos el empleo solemos ser seres individualistas y poco sociables con nuestros colegas— el empleo se convierte en un camino que se recorre a oscuras, en la más absoluta incertidumbre. ¿Hasta cuándo? gimoteo algunas noches cuando el día fue particularmente duro. Pero de sobra sé que no hay una respuesta para esa pregunta y que es posible, bastante posible, que nunca deje de ser la chica que hace las fotocopias y trae el café para todos los jefes, esos que sí tienen credenciales y premios Pulitzer.

Lo cierto, señores míos, es que yo me esfuerzo a mi manera poco cuidada, imprevisible y torpe. Lo cierto es que pierdo muchas horas y algunas citas, dinero mío y de otros, a veces amigos, por dedicación al empleo. No lo hago por celo profesional ni por ética del trabajo. Es solo que he descubierto que lo amo y deseo conservarlo a toda costa. Que me sirve de refugio en las horas más áridas de cada día. Sé que si la empresa me ha reclutado, aun de esta manera clandestina y precaria, es porque algo valioso tengo que ofrecer. Eso me hace sentir útil y dichosa.

Pero a menudo me olvido de mi utilidad y entro en el territorio inhóspito del temor. Me encierro en casa para no tener que encontrarme con mis vecinos, a los que siempre imagino con empleos valiosos y lucrativos, y una vez más comienzo a idear nuevos planes para cambiar de profesión y de vida.

Sueño con un día en el que pueda dejar de pensar en otros empleos y de buscarlos. Con dejar de sentir vergüenza al nombrar el mío en voz alta, si es que tengo que ponerle nombre. Con no tener que recordarme cada día al despertar, o cada vez que alguien me pregunta “a qué me dedico ahora” que sí, que también yo dispongo de un empleo como cualquiera; que también yo soy una persona de provecho para esta extraña sociedad en la que me ha tocado vivir.

Mujer trabajadora

 

 

 

Anuncios

3 thoughts on “Empleada

  1. Yo creo que tarde o temprano lo harás, con o sin primitiva. Hay empleos a los que uno nunca renuncia del todo aunque se aparquen en determinadas épocas. Un detalle importante que se nos olvida es que para escribir hay que comer todos los días, eso forma parte del oficio… Al menos tú juegas a la lotería, a mí se me olvida…

    Me gusta

  2. Por favor, conserva el empleo. Los que te seguimos sí sabemos que es serio aunque no esté bien remunerado. Sí sabemos de la dedicación que requiere, sí sabemos que ofreces, a los que te leemos, cosas muy valiosas que atesoramos. Si es necesario, falsifícate un contrato.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s