Increíbles aventuras del camino de Santiago

Uno: el lujo del objetivo

El objetivo es solo uno: indiscutible, sagrado, terroríficamente lejano. La exime a una de decidir y le concede la dichosa libertad para ser. Qué alivio dejar de cavilar cada día sobre la meta más adecuada (y nunca es solo una, y nunca es lo bastante adecuada). Una puede entonces dedicarse a la actividad en cuestión —esto es, caminar— con total empeño, sin más interferencias que las de la mente habladora que intentará, pobrecita, llevarla, aunque sin éxito, por derroteros poco convenientes.

Dos: las hormigas conquistan la tierra o el sortilegio del tiempo

El tiempo, una vez mostrado a la luz necesaria del camino, borra ciertas cualidades dañinas que suelen acechar a los incautos; esto es, la prisa o la impaciencia. Nunca se llega demasiado lejos con prisas. La prisa tiene algo de burdo, de irrespetuoso, que no casa con el acto minúsculo de caminar. No, nunca se llega con prisas.

Tres: desertar

Al principio una no entiende nada y se pregunta quién le mandó gastar su tiempo y su dinero en tortura semejante. Sigue por orgullo, por puro estoicismo, por no hacer demasiado el ridículo abandonando después de la primera jornada. Hasta elabora un plan de huida en el que fingirá lesiones graves o la muerte de un familiar. Luego, simplemente, sigue caminando. El camino la lleva con una inercia extraña. Deja de prestar atención a los pies doloridos, deja de preguntarse para qué.

Cuatro: la queja acecha

Hay queja, todavía. Pero no vuelve el trayecto más breve ni evita las ampollas. Además, una descubre que todas las veces en que dijo que no podía, sencillamente estaba mintiendo.

Cinco: encontrar el paso

Una aprende, pues, a encontrar el paso. Aprende que es increíblemente lenta, o más rápida de lo que se creía, que tiene una peculiar manera de apoyar el pie derecho, de encorvar los hombros, de agachar la cabeza. Se compra una un bastón. Empieza a pensar en los auténticos peregrinos, aquellos que en la Edad Media recorrían Europa sin zapatillas de suela vibrant ni camisetas de secado rápido, con la fe absoluta en que serían absueltos de sus pecados o aguardando, tal vez, un milagro. Y se da cuenta de que también ella espera un milagro, de que lleva esperándolo toda la vida aunque nunca le haya dado ese nombre.

Seis: en determinadas circunstancias, un lápiz de ojos resulta completamente inútil

Poco más se puede añadir.

Siete: sin garantías

En el camino hay lugares desangelados y tristes, ermitas misteriosas, bosques encantados y ríos de agua fresca que llaman con voces de sirena. Imposible saber qué depara el siguiente recodo, o saltarse los tramos poco apetecibles, como se hace a veces con algunos libros y algunas películas. Cada día es imprevisible e irrepetible. Una misma se convierte en un ser itinerante que no puede dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. El camino no ofrece garantías, solo un permanente e incontrolable fluir.

Ocho: el desapego

Y si cada instante es único, resulta imprescindible honrarlo dándole la importancia que merece; esto es, ni mucha ni poca.

Nueve: hablar no es tan necesario

Todo lo que hay que decir se dice escuetamente, y hasta eso parece a veces prescindible. El poder de la palabra es tan inmenso que conviene usarlo con mesura. Pero a veces una bromea y dice tonterías, o mantiene conversaciones largas y cargadas de elocuencia, lo cual le sigue provocando una gran satisfacción.

Diez: un secreto regocijo

Se mira una a veces al espejo, o imagina que se mira, con sorpresa y un humor desconocido: los brazos quemados, los pies doloridos, una venda en la rodilla, las trenzas aplastadas bajo el sombrero. Ya es una auténtica peregrina: ha comprendido que, por muchas que sean sus heridas, caminará de todos modos, y eso le inspira un profundo y secreto regocijo.

 Once: recuerdos

Son caprichosos y tienen poco que ver con el arte gótico o las guerras carlistas. Lo que quedará por encima de todo será aquel amanecer en medio de las colinas; la cena deliciosa junto a desconocidos en el bar más insospechado del pueblo más insospechado. Aquellos girasoles en los que alguien había dibujado caras sonrientes. Un niño en bicicleta que nos deseó buen camino con los ojos iluminados, y una se sintió como si estuviera haciendo, por fin, algo de verdad valioso.

Doce: tribu

Hay otros que también caminan. Caminan a su ritmo, no siempre parecido al propio, no siempre distinto. Se les va encontrando en muchos lugares diferentes, y aunque no dicen su apellido ni las dolencias de su corazón, hay una alegría apacible, casi animal, en el hecho de descansar próximos, como indígenas resguardados alrededor del mismo fuego.  Una sabe entonces que no está sola.

 Trece: aprender a rezar

Inimaginable pensar que podían las iglesias y las ermitas y los conventos reclamar la propia atención con tanta insistencia. Desconfiar es inevitable. Al fin y al cabo, una estudió en un colegio de monjas y hasta cierto punto es normal que deteste todo lo que huela a cristiandad. Pero comienza a descifrar los pequeños rostros tallados en la piedra y algo se le suaviza. Comienza a hablarle a alguien, no sabe a quién, y ese hablar la reconforta. ¿Es eso un rezo?

Catorce: el corazón es una rosa impertinente

Cuando menos se lo espera, se abre y exhala un perfume… ah, ¿cómo lo describiría? No hay palabras para ese corazón-rosa abierto a la vida. ¿Estaba ahí antes? ¿Estuvo ahí todo el tiempo? ¿Por qué vivía una entonces en la habitación pequeña y oscura de la casa, si disponía de esta balconada magnífica que mira al mar?

Quince: también la gracia es efímera

Entonces, no queda más que regresar al exilio como si se llegase por primera vez. Por primera vez siente una piedad de Eva y del bobo de Adán. La gracia es efímera y está bien que así sea, dijo una escritora amada. Tal vez sea cierto.

Dieciséis: persistencia inaudita

Algo hay, sin embargo, que se queda adherido a la mochila o al polvo de las botas, algo pequeño que la acompaña a una a veces. Ahora, cuando tiene que ocuparse de cosas que la disgustan, o está cansada, o tiene miedo, se piensa caminando y eso la reconforta. Siente dulzura hacia todos los que caminan; quisiera darles un mapa o una linterna, bailar con ellos levantando nubes de polvo con los pies desnudos.

Puede que algún día lo haga.

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