Carta al clarinetista desconocido

Querido clarinetista desconocido:

Ahora que llevo tres días —tres larguísimos, larguísimos días— sin escuchar el trino de su clarinete por la ventana abierta, comienzo a sospechar que ha terminado su veraneo y ha dejado la bonita casa de la parra para regresar al lugar en el que vive durante el resto del año, cualquiera que este sea. Al verme ya sin sus escalas de calentamiento, sus melodías suaves, he sentido el impulso siempre fatídico de comunicarme, en este caso con usted, como ocurre cuando nos arrebatan algo que, en nuestra distracción permanente y pueril, dábamos por sentado. Yo a su clarinete lo daba un poco por sentado, y mientras lo hacía, no tenía deseos de hablarle. Pero aquí me tiene ahora, echándolo de menos. Hasta hoy no había comprendido lo mucho que sus escalas y sus melodías me acompañaban.

Sí, me acompañaban. Como una mascota fiel o una madre preparando la comida. No se imagina lo consolador que era saberlo al otro lado de la calle, en la bonita casa de la parra, practicando cada día con su clarinete, mientras yo buscaba con ahínco una palabra y luego otra y luego otra más. Ahora me doy cuenta. Seguro que usted sabe lo solitarias que pueden llegar a ser ocupaciones como la suya o la mía. Debe de saber que las horas son a veces una carga difícil, aunque sea en un pueblo encantador de montaña; usted debe de saber que a veces nada basta. Y si no lo sabe, ya se lo digo yo: a veces nada basta, ni la belleza ni la quietud ni el trabajo que pensamos bien hecho. Pero lo que tal vez nunca ha pensado es que las soledades pueden llegar a hablarse sin que sus propietarios lo hagan. Bueno, sería más exacto decir que mi soledad se limitaba a escucharlo a usted, o lo que usted decía a través de su clarinete. Y en los momentos en los que nada basta, un clarinete puede salvarnos la vida, se lo aseguro.

Cada mañana durante casi un mes me he sentado a la mesa de esta cocina. A través de la ventana abierta me llegaba su compañía ineludible: una compañía discreta, fácil de llevar, que no pedía ni un suspiro a cambio, ni un segundo de mi no bastar. La compañía que necesita una mujer como yo, dedicada a buscar palabras.

Pero ahora que usted se ha marchado y que ya no voy a verle el rostro, me resulta extraño y triste que usted no supiera que me estaba acompañando. La suya era una compañía involuntaria, fatídica como el vuelo de las mariposas. ¿Me vio alguna vez al pasar junto a la ventana, inclinada sobre la mesa de la cocina —cómo me gusta escribir en las cocinas, como si estuviera preparando un guiso especial—? ¿Supo que su clarinete era parte de mi mobiliario estival? ¿Cuál de los rostros que se cruzaban conmigo era el suyo? ¿Paseaba usted por el Camino de las Viñas con un perrito ladrador? ¿O era el hombre tímido y bien peinado que bajaba cada noche por la fuente?

La vecina, nuestra vecina común, me dio ciertas informaciones sobre usted, se lo confieso. Me contó que viene cada verano desde hace muchos años, de una ciudad que no es la ciudad de la que yo vengo; que le gusta la montaña y que ha dado muchos conciertos en este lugar. Pero a decir verdad —creo que debo serle sincera, vista la intimidad que hemos llegado a tener— yo no quería saber quién era usted. No quería ponerle un nombre, ni un rostro, ni ofrecerle una conversación aunque fuera superficial. La dulce melodía de su clarinete no hubiera sonado lo mismo al flotar entre las vasijas y los cucharones colgados de clavos. Yo me hubiera sentido en el deber de Prestarle Atención Como a un Invitado; usted, se habría sentido en la obligación Estar A la Altura. Hubiera sido el fin de nuestra relación.

Pero ahora que ya no está aquí, con esta partida repentina que me deja el corazón atónito, quiero decirle por segunda vez que lo echo de menos. Durante tres días he evitado sentarme a la mesa de la cocina. Tal vez mañana vuelva a hacerlo. Después de todo, también para mí acaba este retiro y es necesario aprovechar los días que me restan. Deje también que le diga que estoy bastante enfadada con usted por llevarse antes de tiempo los últimos restos de Mi verano.

Ahora regresaré a mi moderna casa de la ciudad, donde oigo el chasquido del ascensor y los hijos de mi vecino invadiendo fugazmente el rellano con sus vocecitas de duendes cada mañana a las 9. En mi moderno bloque de pisos no hay músicos, y si los hay no son tan disciplinados y generosos como usted. Lo cual, no hace falta que se lo diga, es desolador.

Para concluir, quiero decirle que he sido muy feliz todas las mañanas y las tardes en que su clarinete, a través de la ventana abierta, me ha alentado a no cejar en la búsqueda de una palabra y luego otra y luego otra más, solidario con mi pequeña tarea de hormiga. Me queda el desconsuelo de no haber podido comunicarle mi gratitud, la inquietud de no saber si regresará usted el año que viene, si volveré yo. Si lo hago, y también lo hace usted, tengo la intención de deslizar esta carta por debajo de su puerta, sin firmar.

Por si acaso le sirve de compañía.

foto parra


3 respuestas a “Carta al clarinetista desconocido

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