Sobre Rusia

Me gustaría escribir sobre Rusia. Pero Rusia es demasiado grande, y yo, demasiado pequeña. Apenas tuve tiempo de estrecharle la mano con la timidez que correspondía. Alguien más precavido me sugerirá que desista. ¿Por qué no escribir sobre un lugar al que no hayas tan solo estrechado la mano? dirá. Pero es que Rusia no me deja dormir por las noches. Aunque no hable ruso, pienso en ruso a veces, me dan escalofríos de fiebre y me siento adúltera sin motivo aparente. He leído demasiadas novelas rusas. Además, quiero escribir sobre Rusia para decir que he estado en Rusia. También me gustaría decir que he estado en Nueva Zelanda o en Samoa, pero no lo he hecho. En Rusia sí. Y de alguna manera incomprensible, eso me fascina. Sé que para mis amigos profesores de ruso viajar a Rusia no tiene ningún misterio. Tampoco para los hombres de negocios que compran en el duty free de los aeropuertos de Moscú como en el Mercadona de su barrio. Pero yo, que con los años me voy volviendo más provinciana, lo encuentro maravilloso.

Creo que para poder escribir sobre Rusia de verdad sería necesario haber viajado por el país desde el extremo occidental hasta el oriental, y desde el sur hacia el norte. Haber pasado meses en Moscú, San Petersburgo y Krasnoyarsk, y en varias aldeas que no salgan en los mapas. Haber tomado el transiberiano. Yo no he hecho nada de eso. He ido a Rusia dos veces, dos veces muy breves, y en las dos he visitado la misma zona. Puedo decir, para añadirle un poco de autoridad a mi viaje, que se trata de una zona legendaria. Tierra de cosacos. Mencionar a los cosacos hace que inevitablemente uno se interese por lo que viene a continuación, como si su mera presencia garantizase una aventura. Pero lo advierto: no hay nada de aventurero en mis viajes a Rusia. Los rusos son demasiado hospitalarios como para permitir que un invitado suyo corra la menor aventura. La acompañan a una a comprar un cepillo de dientes. En mis dos visitas a Rusia he sido fielmente escoltada en todo momento, de manera que nunca llegué a sentir el vértigo que se siente cuando se visita un país extraño. Lo más emocionante que viví fue un viaje en tren desde Rostov a Piatigorsk, este sí, sin escolta. Viajábamos en coches-litera. A medianoche los viajeros empezaron a sacar fiambreras llenas de muslos de pollo mientras el tren silbaba a toda velocidad. El vagón se llenó de un intenso olor a pollo que no me dejaba dormir. El amigo que viajaba conmigo entabló conversación, no sé cómo ni en qué idioma, con nuestros compañeros de vagón, y como los cosacos tienen un alma generosa acabaron invitándonos a pollo y vodka. Al amanecer, mientras el tren entraba en Piatigorsk, nos hicimos unas fotos borrosas que todavía conservo.

No sé si para escribir sobre Rusia hace falta disciplina. Sé que los rusos son disciplinados, y los envidio por ello. En los últimos tiempos creo haberme contagiado un poco de esa necesidad de orden y esfuerzo, y a veces, cuando tengo que escribir y la gracia ha huido por completo de mi lado, pienso en los rusos y me siento valiente. Pero también sé que son pasionales, y a ratos me asalta el deseo irresistible de dejarme arrastrar por la fatalidad, mandar toda la disciplina a paseo y dilapidar mi escasa fortuna con un mal amor. En realidad, creo que nosotros y los rusos no somos tan diferentes, ya lo cantaba Sting. Al menos, yo me siento bastante parecida a mis conocidas rusas. Ellas dicen que es porque los meridionales, sean del país que sean, siempre hacen buenas migas. A lo mejor tienen razón.

Ay, siento que he estado en Rusia como un fantasma. Un fantasma con visa restringida. Y en mi último viaje apenas hice fotografías. Estaba demasiado preocupada por mi ponencia y por cómo presentarme ante los demás congresistas sin despertar sospechas. Esas cosas me ocurren. Sobre todo en Rusia. Mis visitas a Rusia son como una misión de espionaje de la KGB. Yo, infiltrada entre quienes viajan a congresos rusos por razones legítimas, doy respuestas vagas sobre mi profesión y evito las conversaciones demasiado largas. Mentalmente, tomo notas para mi organización secreta y dejo escapar risitas malignas. Nadie sospecha mi verdadero cometido: recabar información sobre los códigos y modos de vida de las élites culturales y académicas de diversos países; información privilegiada que desvelaré a su debido momento y ante el mejor postor.

En mi último viaje, cuando esperaba mi avión de vuelta, sin embargo, dos profesores de la Universidad de Moscú me desenmascararon. Tuve que confesarles que escribía cuentos y no artículos para revistas indexadas. Ni más ni menos. Me sentí descubierta. La misión había fracasado.

Aparte de eso, lo cierto es que me divertí mucho en Rusia. Mis dos viajes me parecieron interesantes. Conocí a gente, hice algunos amigos. Me regalaron chocolate ruso. En Piatigorsk hice una fotografía de una estatua de Lenin recortada contra la luz del atardecer, y del lugar en el que el poeta Lérmontov murió batiéndose en duelo; costumbre, por cierto, muy rusa. Probamos las aguas medicinales y visitamos un mercadillo porque yo quería comprar un samovar que luego no compré. En Rostov hice una fotografía de una estatua de Marx, que también está tomada al atardecer aunque no me gusta tanto como la de Lenin. Una noche estuve bailando en un pub de universitarios llamado Einstein. Me llevaron a pasear en barco por el apacible Don. Y Rostov es una ciudad amable, a pesar del tráfico y de las calles en obras. No hay en ella nada particularmente deslumbrante, pero posee una armonía discreta. A mí me gusta la discreción.

¿He sacado algo en claro de Rusia? Creo que, por muchas novelas que lea, por muchas misiones secretas que lleve a cabo en el país, Rusia nunca dejará de ser esa señora a la que apenas he llegado a estrechar la mano con timidez. A veces ni siquiera estoy segura de poder afirmar que haya estado allí, aunque tengo billetes de avión y dos páginas de pasaporte que lo demuestran. Un pasaporte, por lo demás, impoluto.

Tal vez para escribir sobre Rusia haya que saber mentir. Y asumir que todos los lugares son un poco víctimas de su propio mito. Que todos los viajes tienen mucho de mentira. Viajar es muy difícil, dice Nuria Amat. Yo no soy buena viajando, pero soy buena mintiendo sobre algunas cosas. Así que a lo mejor resulta que sí conozco Rusia y no me atrevía a decirlo.

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