Escondites

Conozco bien el mundo de los escondites y, desde pequeña, sé que una puede esconderse en el cuarto de baño, debajo de la cama o, si tiene suerte y valor, en lo profundo de un bosque, y ahí quedarse durante un tiempo a salvo de requerimientos. Puede una esconderse mientras lee un libro o finge que ve la televisión; en un corro de niñas que juegan a los cromos y en el tumulto anónimo de ciertas ciudades. Pero no solo eso. La risa, igual que el silencio, puede ser un buen escondite, y así yo a veces me escondo a carcajada limpia de quien me está mirando.

Sé esconderme en la ironía o en el cinismo, y en mis siempre convenientes raptos de desmemoria. Domino con maestría el escondite de las titulaciones y también el del análisis, que tan buenos momentos de invisibilidad me ha deparado; envidio el de la frivolidad, que funciona para otros y que a mí me sigue quedando de una talla equivocada; me caigo con desgana en el de la enfermedad, uno de los más efectivos, y siento auténtica debilidad por el del victimismo, guarida privilegiada de mi corazón.

Para quien posee este amor por lo secreto resulta fácil descubrir los escondites ajenos. Mi ojo los busca casi sin darse cuenta y cada vez se sorprende al encontrarlos, porque de alguna manera he crecido pensando que era yo la única que se escondía. Supongo que se trata de la ingenuidad del avestruz: hunde la cabeza en el suelo y cree que el resto del mundo ha desaparecido. No sabe que hasta la más habladora se esconde detrás de su palabrería y hasta el más exitoso, detrás de su éxito. Una vez tuve un jefe que se ocultaba tras una desmedida afición por los reptiles. Tengo amigos que se esconden detrás de Aquel Terrible Suceso y otros que se enmascaran con un No Nos Podemos Quejar. Hasta conozco unos pocos que se parapetan detrás de su Mucho Carácter. Por suerte, hay escondites para todos los gustos.

Y es que el mundo es un lugar lleno de madrigueras. En cada una vive un niño pensativo, una niña con las mejillas coloradas por la vergüenza. Esperan el Momento Oportuno y las Circunstancias Favorables para salir a bailar bajo el sol. A tener más tiempo o más dinero o estar de mejor humor. O sueñan tal vez con una puerta secreta al país de Fantasía. Algunos confían en la llegada de la Persona Adecuada, como si la Persona Adecuada tuviera la llave mágica para apartar sus velos. Como si fuera posible que el mundo no volviera a dañarlos. ¡Eh, sal de ahí y vamos a jugar! me dan ganas de gritar. Pero no lo hago, porque mis escondites son profundos como las cuevas de Cacahuamilpa y en ellos la voz se pierde hasta convertirse en susurro.

A veces sueño con hacer volar por los aires todos los escondites del planeta y no dejar ni una sola piedra bajo la que poder ocultarse. Imagino que solo entonces se desataría una auténtica revolución. Pero sigo siendo tímida a la par que exhibicionista. Así que me esfuerzo por escribir cosas como esta, como quien agita una mano cautelosa desde detrás de un árbol. ¡Aquí estoy! susurro. Y así tiendo este frágil puente entre madrigueras y me voy armando de valor para salir un día, esta vez sí, a bailar bajo el sol.

Taking My Time
© Joel Meyerowitz 2012. New York City, Times Square, 1963. Courtesy Howard Greenberg Gallery, NYC.

2 respuestas a “Escondites

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