Afuera, adentro

Es cierto: a veces necesito el adentro para salvarme. Para recordar quién soy y cómo me llamo. Porque eso ocurre, que a veces me olvido de mi nombre y no encuentro el modo de recuperarlo en medio de tanto bullicio. No me queda otro remedio que irme, adonde nunca suena el teléfono y si suena yo no lo oigo, y si lo oigo no lo considero asunto de mi incumbencia. Adentro no existen los teléfonos ni, por supuesto, las incómodas premuras del tiempo. Hay tan solo caballos que galopan libres por las colinas, sonidos de juncos mecidos por el viento y una luna que tiembla en la esquina de una fuente.

No siempre el adentro me salva. A veces tan solo me salva el afuera, sobre todo después de días enteros de bata y zapatillas y libros a medio leer, en las primeras noches de verano o en ciertos domingos con sol. Al afuera lo necesito para no volverme completamente loca o completamente autista, para recordar que existen los restaurantes y los parques con niños, y para tener cerca a gente que pronuncie mi nombre y me lo repita —también ellos me recuerdan cómo me llamo—, y me haga ponerme un vestido y unas medias que no estén rotas.

Hay épocas de la vida en las que el adentro gana terreno o viceversa. También hay días, lugares y momentos del mes. A medida que pasan los años me dejo llevar por el adentro con más frecuencia y menos culpa, y a veces pienso que el adentro es una tendencia que solo puede ir creciendo en mi vida. Pero a veces pasa algo y el afuera comienza a pesar como hacía tiempo que no pesaba. Me resulta raro. Acostumbrada a estar adentro, recelo de sus bondades. Sin embargo, reconozco que me siento mejor cuando hablo con gente y dispongo de algunos horarios y compromisos que cumplir. De todas formas sé que, más temprano que tarde, el adentro acabará por reclamarme.

Este adentro, a veces, me lleva a lugares profundos, muy alejados de los demás y de lo que los demás conocen. Solo yo tengo acceso a esos lugares. Solo yo conozco el camino para ir o venir, e incluso a mí me cuesta volver y me ronda a menudo un vago temor a quedarme atrapada; un temor esperanzado. No tengo claro que irme al fondo sea una decisión mía, aunque los demás piensen que sí y se irriten cuando intentan hablarme y no encuentran una respuesta, y al final acaben borrándome de sus agendas y enfriando su saludo. Creo que cualquier explicación resultaría inútil. Solo quien es arrastrado por el adentro sabe lo que eso significa.

En las profundidades del adentro buceo como un pescador de esponjas, respirando con mi piel de mujer anfibia, silenciosa y lunar. Observo, divago; trazo símbolos en el lecho arenoso. Puede pasar —y de hecho pasa— que el afuera me saque a tirones, sin mi permiso, y si eso ocurre me siento ultrajada y mi cuerpo entero gime de desamparo añorando un armario oscuro donde esconderse y esperar a que todo pase. ¿El qué? No lo sé. Solo sé que el afuera se convierte a veces en un auténtico infierno.

Pero también el adentro puede convertirse en un infierno, y de ese infierno solo el afuera consigue salvarme. El infierno de adentro lleva mi nombre. Es irrefutable. Así que, cuando sobreviene, es siempre mucho más infierno. El de afuera, más clemente, me concede la ilusión de la huida aunque acabe por agotarme. El infierno de afuera tiene muchos rostros. El de adentro, solo uno.

Siempre he creído que es más terrorífica una pesadilla poblada por un único demonio.

Resulta difícil saber cuándo va a desencadenarse el infierno en uno u otro lado, igual que es difícil entender cuándo se abrirá el cielo. Porque el cielo, igual que el infierno, late agazapado. Hay cielo adentro y cielo afuera. El de adentro es como una cocina soleada con olor a pan recién hecho; el de afuera, como un cuarteto de cuerda tocando a Vivaldi en un claro del bosque. Dirán muchos que el cuarteto de cuerda en el claro del bosque no tiene ni punto de comparación con una cocina. En lo que a mí concierne, puedo decir que solo el olor del pan recién horneado me trae una certeza de eternidad.

Así, con mi amor por lo eterno y por lo efímero, voy saltando de un sitio a otro, constantemente seducida por la posibilidad del cielo y angustiada por la del infierno. Y así, seducida y angustiada, bailo mi precaria danza. Calculo en qué lugar es probable que el cielo se abra o que el infierno se haga más liviano. Voy, vengo, me dejo traer y llevar.

En ocasiones sospecho que adentro y afuera son en realidad una misma cosa. Que si me salvo en uno estaré también a salvo en el otro. Que no hay nada que elegir, porque la vida ya hace ella sola todo el trabajo. Que es inútil calcular, porque la existencia no se calcula. Y que no merece la pena pasarse los años armando semejante trajín. Además, con la edad cada vez me agotan más los desplazamientos.

Escribo esto desde un lugar a medio camino entre el afuera y el adentro. Una tierra de nadie en la que las leyes están aún por instaurar. Es aquí, en la frontera de los dos mundos, donde he decidido levantar mi campamento.

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Una respuesta a “Afuera, adentro

  1. Genial esa capacidad tuya de convertir en palabra la vida, sus esperanzas y sus temores… no dejes de visitar el adentro para contárnoslo aquí afuera 🙂

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