Fábula del topo que quiere ser águila

SL371095El topo, cuando no se resigna a ser un topo, cuando no quiere vivir donde viven los topos ni excavar túneles a ciegas ni hacer, en definitiva, lo que los topos hacen, se sueña águila.

Se imagina el topo que es un águila y que puede ver el mundo con sus ojos de águila. Y tantas ganas tiene de ser águila que acaba por creérselo y hasta por serlo un poco, y mira con desdén al resto de los topos con los que se va cruzando. Ve sus pequeñas vidas encapsuladas en laberintos oscuros y los compadece. Pringados, que sois unos pringados, se dice con un cabeceo.

El topo, que a veces casi alcanza a mirar como un águila o si no lo hace se lo imagina, descubre en sus ensoñaciones el aspecto que tienen los campos vistos desde arriba. Descubre el viento, las nubes, los reactores. Se sorprende del dibujo venoso de los ríos y las tormentas eléctricas. Se entusiasma a ráfagas. Y le parece entender que esos túneles que los topos excavan infatigables y ansiosos no tienen ni de lejos la importancia que ellos les conceden. De hecho, piensa, al mundo no le hace ninguna falta que los topos excaven túneles. Podrían dedicarse simplemente a mirar las cosas con perspectiva. Como él, que es un águila aunque no lo parezca, aunque siga atrapado en un cuerpo de topo y sometido injustamente a las leyes topiles.

Tal vez ser topo sea una actitud contagiosa, concluye. Así que comienza a rehuir a todos los topos que encuentra; y, por si acaso, también a las lombrices y los escarabajos. Anhela vivir rodeado de águilas con las que poder ser águila también. En la soledad de su ceguera imagina los cielos radiantes de las cimas. Sueña, sueña, sigue soñando. Se esfuerza por hablar y moverse como un águila, o como él cree que un águila haría. A veces da sermones a los demás animales del subsuelo sobre su condición denigrante y los exhorta a perseguir la aguileza. Por las noches cae rendido, llorando de rabia y amargura por tener que vivir en el mundo equivocado de los topos.

Un día, el topo que sueña con ser águila se cansa de tanta frustración. Abandona la esperanza de sentir el sol. Empieza a comportarse como un topo y a asumir que apenas puede ver lo que hay delante de su hocico. Nunca antes había sentido qué terrible es la oscuridad de un topo, qué estrechos los túneles por los que se mueve, cuán laboriosa e inútil su tarea. Ya no tiene ganas de dar sermones al resto de los animales del mundo subterráneo cuando se los cruza por las galerías. ¿Qué iba a decirles él, topo insignificante? Su vida se ha acabado; y para consolarse le quedan tan solo kilómetros infinitos de túneles por excavar.

Hacen falta muchos túneles para que el topo comience a ver. Kilómetros de raíces y piedras en los que el topo se golpea la cabeza. Pero un día comienza a ver a los otros con sus ojillos ciegos, sin habérselo propuesto. Los ve como no los veía cuando se creía águila y se esforzaba por mirarlos desde las cimas del mundo, con perspectiva. Los ve muy de cerca, atareados en excavaciones y rapiñas y descomposiciones. Se sorprende. Se enternece. Hasta se maravilla. ¡Son topos!, exclama fascinado.

Y con el mismo desconcierto festivo, el topo se descubre topo: un hocico húmedo, ojos como alfileres, cuatro patas peludas, dientes que saben clavarse con ganas. Soy un topo, murmura vagando a solas por la tierra oscura, soy un topo, y si se cruza con algún semejante lo interpela con poca educación: soy un topo como tú, ¿no es cierto?, ¿no es cierto? A lo que los topos interrogados responden siempre con cierto recelo.

El topo que en algún momento quiso ser águila ha olvidado su propósito. Se afana tanto en su nueva vida de topo que se olvida de pensar cómo se ven los campos y los ríos desde lo alto. Excava galerías y se ríe como un loco cada vez que le llega el eco de las maldiciones de los campesinos. Bien hecho, se dice.

Un día anda absorto en una excavación poco exigente cuando sin darse cuenta lo recibe un aire seco, fragante, que huele a cosas desconocidas. Sobre su cabeza el suelo es tan liviano que parece a punto de desintegrarse. El topo, temeroso, alza el hocico, empuja, adelanta dos patas y luego las otras dos. Siente calor en las orejas, el mundo que se desmorona sobre él, un fuego en los párpados. Haciendo un esfuerzo abre de par en par los ojos de alfiler y, ah, sorpresa, puede ver… Qué increíble descubrimiento. Ve criaturas desconocidas que vuelan y zumban a su alrededor; en lugar de raíces, hojas que flotan suspendidas en las alturas. Y muchos más colores de los que jamás conoció. Y hay uno, uno sobre todo, que llena todo el espacio inmenso que pende sobre él, allí donde casi ni se atreve a mirar. ¿Es eso el sol? se pregunta. No se parece en nada a como él lo había imaginado.

El topo estira el cuello y olfatea con deleite el aire nuevo de la mañana. Vuelve a cerrar los ojos, deslumbrado y feliz. Se sabe un topo, pero por primera vez no tiene miedo.


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