Reflexiones propias en mañana de domingo (o emulando torpemente a Virginia Woolf)

Lo bueno de acudir a una boda es que te obliga a depilarte y a pintarte las uñas y a ir a la peluquería, esas cosas que siempre se dejan para después porque hace tanto calor y una duda constantemente del sentido de la existencia. Si no te pasas en la barra libre, al día siguiente aún conservas un destello de glamour en los dedos. Te sientes muy bien aunque te levantes cerca de mediodía. Amigas, nada como la sociabilidad para remozar vuestro encanto personal. Los demás también cumplen una función embellecedora, quién lo diría. Por eso el hombre, la mujer, el chimpancé, están hechos para vivir en sociedad, y no para huir de ella, máxima esta que la antropología ha sabido corroborar midiendo el perímetro de muchos cráneos. La ciencia siempre tiene la razón. Corresponde, pues, dar el paso hacia la comunidad de la que emanamos y a la que pertenecemos. Oración simple enunciativa, afirmativa, impersonal —una trampa para quienes se creen que toda acción tiene un sujeto—, un complemento circunstancial y dos atributos para “sociedad” precedidos de preposiciones, para despistar un poco. Hay que aprender a pensar, niños. Por mi parte, he decidido comerme otra tostada como acto máximo de libertad. Hay que alimentar a este cuerpo víctima de tanto desgaste invisible. A veces, llegado a cierto punto, al ser humano solo le queda elegir entre aprender a fabricar bombas caseras con un tutorial de youtube o comerse otra tostada. Siempre será mejor la segunda opción.

Tristemente, aunque me esfuerzo por ser constructiva, mis sueños están plagados de tuberías atascadas y casas en ruinas. ¿Qué voy a hacerle? La intención no basta. Al hombre —y, en su defecto, a la mujer— se le mide por sus actos, no por sus buenas intenciones. Suspensa en ética y religión. Y, por si acaso, concertaremos una cita con la orientadora, no vaya a tratarse de anorexia, que tiene tan mala prensa. Vale, lo acepto, pero reconozcamos —y eso debería al menos anular la cita con la orientadora— que nadie se ha tomado a Dios tan a pecho como el Ángel Caído. Y eso pasa cuando uno no sabe quitarle importancia a las cosas. ¿Qué más da que exista un Dios acaparando todo el protagonismo? Alguien tiene que poner orden. El narcisismo es peligroso, Luci, te lo decimos yo y Freud. Si tuvieras buenos sentimientos tu vida sería más sencilla. Oración compuesta, condicional. Oración principal: “tu vida sería más sencilla”; subordinada: “si tuvieras buenos sentimientos”. La sintaxis es lo mío, está claro. En filosofía tengo mis dudas. ¿De dónde ha salido esa afirmación? ¿Quién la puso en mi cabeza? Los nihilistas lo destruyeron todo y se olvidaron de dar el paso a la iluminación. Si tuviera buenos sentimientos. Una condición nunca es una realidad, y hay una marea imperiosa que a veces ruega por desbordarse. ¿Será lícito dejarse desbordar en esta apacible mañana de domingo, con tantas golondrinas y toda la ciudad afuera, los columpios derritiéndose bajo el sol pero aguardando con callado regocijo a los pequeños energúmenos que vendrán a manosearlos apenas caiga la tarde? Oración interrogativa, que denota duda. Y demasiado larga, por cierto. No parece un buen escenario para el desbordamiento de nada. Y yo tengo un marcado sentido de la estética y la intriga narrativa. Cierta intensidad resulta imprescindible para mantener el interés en la historia. Eso lo saben todos los guionistas de Hollywood. Por otro lado, una tiene derecho a sus adicciones, sobre todo si puede pagarlas.

Fue Parménides quien dijo: “El ser es y el no ser no es”. Máxima que ningún adolescente debería desaprovechar, como hice yo en su momento. El ser es. El no ser, no es. Chúpate esa, Heráclito. Pero el mundo ha seguido girando y confundiéndome del mismo modo. Y, sin embargo, yo sé que el ser es. Como Bob Dylan. Como Alex Turner. Como Lady Gaga. Y el no ser… ay, amiga, si no eres, mejor sal corriendo o acabarás como Janis Joplin, y luego Leonard Cohen te escribirá una canción. Pero hay que abrazar la confusión. Y esta sí es una afirmación mía, o que siento genuinamente mía, aunque probablemente ya la hicieron antes unos cientos de personas. Es curiosísima la cantidad de cosas que ya han sido dichas. Hasta podría una tener la terrible tentación de concluir que nada de lo que piensa o siente le pertenece, que todo es una bola pesada de historias y miedos ajenos, de ataduras tejidas miles de años atrás, que tan solo se encarga de empujar, como Sísifo, montaña arriba.

Pero ay, ese es un duro golpe. Dios nos salve de creernos tan poca cosa.

Hypatia_Sanzio
Hypatia, detalle de «La escuela de Atenas», de Rafael Sanzio (1510)

 


4 respuestas a “Reflexiones propias en mañana de domingo (o emulando torpemente a Virginia Woolf)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s