La niña que me habita

Es caprichosa y terca la niña que me habita. Taciturna, lenta, agreste como el tomillo salvaje. Se pasa las horas muertas contando las hojas de un árbol, fisgoneando en viejos baúles, atizando las brasas del fuego. Lee, dibuja, recolecta conchas y piedras. Suele bailar descalza. Y grita y se ríe, y llora mucho y tiene miedo de cosas incomprensibles.

Como tantas otras niñas, la niña que me habita chilla de alegría al entrar en el mar o encontrarse con un gato pequeño. Tiene ínfulas, desplantes e incomprensibles enfados. Solo quiere jugar en la luna. Cuéntame otra historia, me pide, y de nada sirve que le explique que el trabajo, que la compra, que las revisiones médicas. Me mira con los ojos de noche y yo, madre indulgente y débil, cedo pronto ante su amenaza.

La niña que me habita tiene necesidad de que todo suceda como ella desea. Por eso boicotea mis horarios, se acaba el chocolate y ahuyenta a mis novios. Me llena la casa de cuentas, de postales, de antiguos juguetes. Arruina mis entrevistas de trabajo. Saquea mi cuenta bancaria. Si llueve y es invierno, gimotea para quedarse leyendo en la cama. Si hace calor y es verano, implora por correr a un río de agua helada. Vayamos al parque, susurra; o mejor, al corazón de un bosque. O a aquella playa de los escollos, o mejor a algún país lejano. Móntame en un elefante; llévame en hidroplano; cómprame un turbante de princesa turca. Organicemos una fiesta en mi honor. Huyamos al País de Nunca Jamás. Sus peticiones no conocen descanso.

Por si fuera poco, esta niña se pone hecha una fiera cada vez que pierde, y se echa a llorar si no le hacen caso. No tolera hacer lo que no le gusta ni hablar con quien no le apetece. Cambia de opinión a cada instante. Suele sentirse agraviada. Tiene miedo de llamar a la compañía telefónica y a la eléctrica; no sabe qué hacer con los muebles viejos. Me arrastra, me irrita, me chantajea. Me aparta de cualquier compromiso. Y siempre, siempre —falda blanca y diadema de flores— se esfuerza buscando el aplauso.

A veces, desesperada, la obligo sin más a acudir a citas que detesta. A hacer tareas que le aburren. A veces la amenazo para que se esté callada en ciertas reuniones. Le digo que sus miedos son tonterías; sus aversiones, caprichos. A veces, lo sé, la trato con dureza o, peor aún, hago como que no existe, y eso no me lo perdona. Se marcha entonces a un sitio que desconozco, y durante un tiempo es como si se hubiera muerto. Durante ese tiempo acabo proyectos, gano dinero y quedo bien con la gente. Digo cosas como “ya no tengo edad para eso” y hablo sobre los impuestos y los precios de la vivienda. Me siento segura. Durante ese tiempo, la vida se convierte en una flor de plástico adornando mis escuálidos balcones.

Luego, un buen día amanezco implorándole que vuelva, le prometo el viaje en hidroplano y le ofrezco todos mis collares; saco las pinturas, las caracolas, y sin saber cómo, empiezo a contarle una historia.

˜


4 respuestas a “La niña que me habita

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s