Una decisión temeraria

Digamos que un buen día tomas una decisión. Y digamos que es una decisión temeraria o, cuando menos, chocante. Puede que inconveniente; puede que fuera de lugar. No sabes con certeza si existen otras decisiones más válidas para este momento incierto de tu existencia. Seguramente las hay, ¿pero dónde están? No eres capaz de verlas. Siempre has sido bastante miope y eso te salva de ciertas cosas. Así que has tomado la decisión como si fuera la única posible. ¿A qué se debe? Con toda probabilidad tiene que ver con conexiones neuronales y procesos químicos, pero tus conocimientos sobre el cuerpo físico son muy pobres como para lanzar suposiciones al respecto. Lo único que sabes es que en un determinado momento la decisión se volvió imperiosa como una marea.

La falta de costumbre a la hora de tomar Decisiones Temerarias hace que te sientas un tanto aturdida. Te asalta el vértigo cada vez que piensas en lo que dirán tus padres y tus vecinos, tu familia política, tu jefe y tu peluquera; porque cuando se trata de Decisiones Temerarias o, cuando menos, chocantes, o puede que inconvenientes o fuera de lugar, hasta tu peluquera tiene algo que decir. Te abruma pensar en la cara de estupor de tus colegas cuando se la comuniques. Y tu pareja… ay, en tu pareja ni siquiera te atreves a pensar. Pero es tarde; la decisión está tomada sin que hayas hecho gran cosa, casi sin que te hayas dado cuenta.

Al principio, de manera completamente irracional, piensas que puedes mantenerla en secreto, que tu vida de siempre seguirá adelante mientras tú sales por la puerta de atrás sin que se note. Te imaginas los gestos y las palabras de quienes te rodean en tu vida anterior a la Decisión, y de tus propios gestos y palabras, como en un pequeño teatro de autómatas, y te parece muy bonito que la función siga adelante sin ti, que no se detenga, que nadie salga herido ni decepcionado. ¿No sería maravilloso? Pero la realidad siempre trae su cuota de crudeza. Toda decisión exige un movimiento, y el movimiento te arrancará del lugar que ocupabas en la función. Tendrás que hacer otro papel y sospechas que es ingrato. Aborreces los papeles ingratos. Te gustaría que todas las Decisiones Temerarias que tomas fueran una señal para que ante tus pies se desplegasen alfombras rojas y las trompetas clamasen en tu honor. También esto se debe a conexiones neuronales y procesos químicos.

Supón, en cualquier caso, que asumes ese cambio de papel. ¿Crees que todo se ha resuelto? ¿Que FIN y fundido en negro y ya solo falta levar anclas henchida de confianza y buenos propósitos? Ja. Resulta que todavía conservas tu antigua personalidad llena de miedos y neurosis, de persona poco dada a las Decisiones Temerarias. Una personalidad, en definitiva, poco apta para defender tu Decisión ante el mundo. ¿Qué necesidad hay? te preguntarán tu madre y tu abuela. Parece inútil explicarle a tu abuela que a estas alturas la Decisión Temeraria se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. También parece inútil explicárselo a todos los demás, así que intentas justificarte con argumentos bien hilvanados; presentarla como una fatalidad. La Decisión Temeraria me decidió, dirás, y pondrás cara un poco de congoja o fastidio, para que se note que se trata de una obligación.

Te queda, por último, lidiar con los Simpatizantes de tu Decisión, esos que a priori son tus aliados, que te han jaleado durante todo este tiempo despotricando contra el sistema y las convenciones sociales, recordándote que hay que perseguir los sueños, que la vida son dos días y que aquí paz y después gloria. Los Simpatizantes son expertos en asumir los papeles ingratos de la función. Es más, disfrutan con ellos. Te ponen sus propios ejemplos de Decisiones Temerarias que tú ni siquiera te atreverías a soñar. En comparación, la tuya es un cobarde juego de niños por el que no merecería la pena inquietarse; se queda un poco a medias, un poco blanda y falta de temeridad. Además, con los Simpatizantes no puedes permitirte debilidades porque basta que sospechen un mínimo deseo de seguir haciendo los gestos de autómata en el pequeño teatro para que enarquen las cejas, y de nuevo más decepciones, qué cansancio.

Al final, entre Detractores y Simpatizantes, decides tomarte un descanso y limitarte a actuar, algo que te resulta infrecuente y hasta cierto punto novedoso. A estas alturas la Decisión Temeraria te importa un pimiento y hasta te daría igual si mañana volvieses a tu papel de siempre en la función de siempre. Lo que quieres es cumplir lo que te propusiste. Después de tanto trabajo, disfrutar de la Decisión Temeraria es solo un trámite sin importancia. La verdadera Decisión, entiendes, no tenía nada que ver con lo que imaginabas.

El hombre en el espacio
El hombre  en el espacio. El pintor del espacio se arroja al vacío. Harry Shunk, 1960
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4 respuestas a “Una decisión temeraria

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