De regresos y viajes que no desean ser explicados

Volver es un arte difícil y poco reconocido. Tiene su valor. Su precipicio. Por mucho que se enarbolen de lejos las banderas de la conquista —ah, qué aburrimiento esas banderas—, la vuelta siempre es de una extrañeza salvaje. La extrañeza la mantiene a una entre dos mundos. Todavía los sueños remiten al calor sofocante y a las multitudes, todavía aparecen en ellos velos, saris, kufis, turbantes y faldones blancos de hombre, cánticos y flores de loto. Pero está el silencio cementado, la luz de pronto tan frágil como una viejecita con bastón, los anuncios de colonia en las marquesinas de los autobuses y esa cosa hortera que instalan en pleno centro para que los niños se tiren en trineo entre carámbanos de gomaespuma.

Una medida que recomiendo a quien quiera tener una vuelta apacible es confundir a los demás sobre la fecha de regreso. Cambiar el billete, si es posible, responder con indicaciones aproximadas —para las vacaciones, a comienzos del curso, al final de este o de aquel mes—, fingir que no se ha visto el último whatsapp o que se ha borrado por falta de espacio. Tan solo daremos las coordenadas correctas a un amigo fiel y optimista, que esté acostumbrado a volver de muchos lugares y conozca, por tanto, la importancia y los matices de nuestra misión. Es preferible que la familia quede al margen por el momento, igual que novios y terapeutas. Demasiada emoción de golpe, cuando lo que urge después de correr por terminales desiertas o equivocadas es darse una ducha caliente, dormir 14 horas al menos, poner en orden las fotos y las tarjetas de embarque, escribir a la amiga insustituible de nuestra aventura que se quedó allá al otro lado.

Es importante saludar a la casa como es debido. Hablarles a las plantas, que parecerán algo enfadadas después de nuestra ausencia. Añadir al altar las nuevas reliquias y volver a alimentar a los gorriones que acuden por la mañana al alféizar de la cocina.

Aunque a alguna gente le resulta deprimente, yo recomiendo volver en invierno, porque podremos hibernar todo lo que nos dé la gana sin sentir que estamos perdiéndonos algo de vital importancia. Si llueve y hace más frío de la cuenta, mejor que mejor. Nuestra adaptación será más dulce y en sueños las luces del otro lado nos seguirán acompañando como pequeñas letanías. También es una ventaja volver en Navidad porque, a pesar de que tendremos que soportar la visión de la cosa hortera de los trineos cada vez que pasemos por el centro de la ciudad —lo cual es preferible evitar— todo el mundo estará tan absorto en su propia euforia de compras, cenas y polvorones que pasaremos completamente desapercibidos. Además, tendremos la excusa perfecta para no quedar: las fiestas, la familia, en fin… Así ganamos tiempo para preparar unas cuantas respuestas constructivas y lo suficientemente vagas a las preguntas que, tarde o temprano, alguien nos hará sobre el viaje.

Como el jet lag hará que nos despertemos a las 4 ó 5 de la madrugada, tendremos la oportunidad de disfrutar de apacibles ratos de lectura entre las sábanas de franela. Descubriremos así que el silencio del vecindario es ensordecedor. Ni zumbidos de ventiladores, ni pitidos ni transistores ni lavadoras gimiendo debajo de la ventana, ni la vocecita aguda de una niña repitiendo una y otra vez la misma canción sin melodía. Se hará extraño al principio, muy extraño, pero nos acostumbraremos. Daremos gracias. Pronto nos olvidaremos de la lavadora y volverá a crisparnos el sordo chasquido del ascensor.

A la vuelta es importante hacer planes. Planes para quedarnos y planes para volver a irnos. Sin planes todo se complica mucho más. Es bueno empezar con cosas pequeñas que no nos frustren, que podamos cumplir con facilidad en nuestro actual estado de desconcierto: hacer la colada, ir al vivero, comer con nuestros padres, sacar los jerseys de las profundidades del vestidor. Con el tiempo podremos ir subiendo el listón hasta llegar a objetivos más ambiciosos como enviar currículums, cambiar de compañía telefónica, retomar proyectos laborales inconclusos y hacer por fin aquella llamada que llevábamos meses posponiendo.

Respecto a los planes para volver a irnos, conviene tenerlos presentes aunque sea a modo de zanahoria colgada de un palo. Nos ayudarán a prolongar un poco más ese alivio de quien sabe que, si el edificio echa a arder, puede alcanzar la puerta en dos segundos y medio. Yo recomiendo que queden pospuestos a un año vista, seis meses si la situación es muy complicada. Pensar en volver a marcharse tiene siempre un delicioso aroma de travesura.

Luego irán pasando los días, suaves, y perderemos un poco la mirada marciana que traíamos de allá afuera. Para entonces es probable que hayamos comenzado a sentirnos bien sin necesidad de que nada haya cambiado de manera sustancial. Lo vivido al otro lado se quedará en algún rincón cálido, todavía poco iluminado, donde irá encontrando poco a poco su orden. A veces, como peces que asomaran un instante del agua, saltarán en la memoria cuervos y campos de arroz, nenúfares, bailarinas y demonios tallados en la piedra, los ojos verdes de un vendedor, bazares, trenes, camareros rusos, palmerales y canastos de flores, túnicas de color azafrán, perros y vacas, anuncios de Coca-Cola, cuencos de arroz con cardamomo, un templo pequeño y blanco en lo alto de una montaña; turquesas y amatistas, elefantes resignados, una anciana vendiendo plátanos en la carretera de Pampasarowara.

Lucía tomando el sol. Puestos de pan y perfumes. Aquella mujer que quiso coger mi mano y aquella otra que me sonrió mientras cantaba. Aquellos ancianos que barrían el pedazo de calle que era su vivienda. El autobús de Paolo Travels derrengado en una cuneta de Karnataka. Las eternas obras del puente de Panaji. Los mandalas dibujados a la entrada de las casas de Hampi. Murciélagos. Monos. Turistas franceses. Un hombre con una báscula en las calles de Mumbai.

Luego irán pasando los días, y en uno de esos días florecerán los almendros, avisando de que el tiempo ha terminado.

Entonces, sin más, será hora de sentarse a escribir.

mandala


2 respuestas a “De regresos y viajes que no desean ser explicados

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s