Imaginando otra vida

A veces me imagino viviendo en una ciudad del Este; una de esas ciudades donde el cielo es casi siempre de un gris uniforme y los árboles tienen el porte indiferente y robusto de no haber sufrido nunca la escasez de agua; una ciudad de inviernos largos, de noches largas, de transeúntes que caminan sin hacer ruido envueltos en largos abrigos.

En esa ciudad silenciosa y un poco triste me imagino levantándome cada mañana muy temprano, —porque a las seis ya habrá amanecido y la ciudad se desperezará con diligencia, como corresponde a su carácter—, en una buhardilla de viejos suelos de madera, envuelta en una bata gruesa, poniendo la cafetera en el hornillo de gas y encendiendo las estufas, bebiéndome luego el café a sorbos pequeños mientras observo al otro lado de los cristales la mañana gris orlada de árboles. No habrá nada que me distraiga en esa ciudad: ningún cielo radiante, ningún martillo neumático, ningún griterío de niños o perfume salvaje de jazmín o madreselva; ni siquiera la amenazante tentación de un mar próximo. No habrá, excepto en las semanas brevísimas del verano, ningún concierto al aire libre, ninguna posibilidad de ser invitada a barbacoas, ninguna amiga dichosa o infeliz que me llame para conversar por teléfono durante horas. Yo misma no tendré necesidad alguna de acudir a semejantes eventos ni de realizar esas llamadas porque mi cerebro, en esa ciudad sosegada y un poco triste, dispondrá de conexiones neuronales distintas, que no me abocarán a la euforia ni a la desesperación.

En mi buhardilla de cristales empañados y viejos radiadores me sentaré cada mañana, todavía muy temprano, a organizar las palabras sobre un papel. Escribiré novelas, poesías, cuentos y ensayos; cartas y puede que algún artículo académico. Leeré todas las novedades y los clásicos que aún no he leído. Releeré con gusto los libros que amo y que había olvidado, y en los ratos de descanso escucharé a Satie o a Nick Drake. Meditaré, haré yoga, sembraré ciclámenes en los maceteros de las ventanas. Comeré frugalmente, como un monje franciscano, y al acabar mi jornada de agotadora escritura veré una película o tejeré una bufanda mientras afuera los árboles gimen y tiemblan mecidos por el viento.

De esa ciudad en la que a veces me imagino, tal vez con un gato como compañía, rara vez tendré necesidad de salir. No me interesarán los agasajos ni los títulos, no seré feliz ni desgraciada, no tendré miedo, no esperaré cosas, no anhelaré los viajes ni la primavera. No habrá muros contra los que estrellarme ni pozos en los que caerme. No me saludarán la angustia ni la esperanza. Y la cafetera silbará con ganas cada mañana a las seis y diez, y yo me ceñiré la bata y estaré en paz.

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