Monja

De niña, tal vez con diez, once años, quería ser monja. ¿Estaba loca? ¿Fui monja en una vida anterior? Luego he leído que también otras escritoras fantasearon con ser monjas en algún momento de su vida, y algunas efectivamente lo fueron. ¿Es la de monja una vocación común entre las escritoras? Tal vez la respuesta a todo es que sí.

En realidad, nunca me gustó la obediencia ciega ni repetir padrenuestros. Cuando nos tocaba confesarnos en el colegio me inventaba algunos pecados de poco fuste para que el cura se quedase tranquilo y no me acusara de soberbia, porque qué clase de niña me creía yo para no tener pecados que confesar. Lo de ir vestida de pingüino tampoco me apasionaba; siempre fui coqueta a mi modo, y me parecía que afearse de manera voluntaria era absurdo y poco respetuoso con el universo, siempre necesitado de belleza. Y tener que ser pobre en plena efervescencia tecnológica tampoco era la panacea. ¿Entonces?

Digamos que lo que me fascinaba de ser monja era la idea de pasarme las mañanas leyendo en un claustro renacentista, cuidar un huerto y amasar pan y pastelillos de Gloria. Y, sobre todo, sobre todo, lo que me arrullaba era la esperanza de no tener que afrontar la vida, con sus duras esquinas y sus tubos fluorescentes y sus adolescentes de hormonas descontroladas y su mercado laboral precario y la expectativa paterna y materna de ser, qué menos, ministra de cultura.

Ser monja me parecía entonces el colmo de la dicha del escapismo. Adiós a tener que ganarse la vida. Adiós a tener que competir. Adiós a tener que ser guapa, lista, popular. Adiós a decidir si tener hijos o no tenerlos. Sería para siempre una mantenida de Dios, y haría pan y pastelillos de gloria y leería en un claustro soleado por las mañanas. Adiós, adiós, mundo cruel. Estar separada del mundo tiene siempre algo de consolador.

Nada sabía yo en aquella época de cilicios y ayunos y otras cosas que me hubieran hecho temblar de horror y cancelar bruscamente mis relaciones con Dios, como luego hice. Así que durante un tiempo atesoré en secreto aquella fantasía y la evoqué cada vez que la vida me resultaba demasiado ardua. Esto es, casi siempre.

Por desgracia, o no, ser monja no estaba de moda entre las mujeres de mi generación. Yo siempre he sido sensible al qué dirán. En el fondo, tengo mi buena vanidad social. Aquella vocación acabó, pues, por languidecer y ser definitivamente aplastada por el ecologismo y las Doc Marteens.

Algunas mañanas todavía me despierto queriendo ser monja. Me imagino batiendo yemas azucaradas y cantando junto a Julie Andrews antes de irse a cuidar a los relamidos hijos de Christopher Plummer. Cuando viajo, me gusta entrar en las iglesias y encender velas a los santos. Enciendo una vela y me siento en uno de los bancos del final, como si me diera vergüenza estar demasiado cerca de Dios. Tal vez en mi anterior vida de monja, Dios y yo acabamos mal y por eso prefiero quedarme en los bancos del final. Pero supongo que, después de todo, no acabamos tan mal, ya que prefiero los bancos del final al bar de la esquina, aunque no siempre.

¿Me estoy haciendo vieja? ¿He equivocado mi profesión? Ser monja me parece a veces lo más natural del mundo. Y quién sabe si las ideas que la vida nos susurra al oído de niños, por descabelladas que parezcan, no tienen en realidad mucho más sentido del que estamos dispuestos a concederle.

Por si acaso, estoy aprendiendo a amasar pan y a preparar buñuelos. Nunca se sabe cuándo necesitaré cambiar de empleo.

Julie Andrews

 


5 respuestas a “Monja

  1. Me encanta tu relato y me identifico en parte. No soy practicante de la religión pero también enciendo velas en secreto y me siento en el banco del fondo de alguna iglesia…
    Muchas gracias por este ratito amable!

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    1. Me alegro de que te haya gustado y, sobre todo, de que pertenezcas al club secreto de las velas encendidas. 🙂 Por suerte, es una actividad independiente de credos y religiones. ¡Un abrazo y gracias a ti por la visita!

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  2. Pues sí, a esta lectora le ha gustado la mención y la totalidad del relato. Y sin ser escritora he fantaseado con el tema.
    Yo nunca quise ser monja. Pero en los momentos duros de mi vida, cuando los días se hacían cuesta arriba, durante años ha sido una de mis evasiones favoritas. Me imaginaba en un bonito claustro soleado y lleno de frondosas macetas verdes. Bordando, leyendo, cantando, sin tomar decisiones, sin problemas financieros, comiendo lo que te sirven y rezando en paz. Junto a Julie Andrews, claro.

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