Lo que tienes en común con tu vecino

Al principio hasta te ríes un poco. Solo un poco, como aquella vez en que creíste que te habían dejado encerrada en el cementerio de Glasnevin y te dio la risa floja. Se lo estaban buscando, te dices como si la cosa no fuera contigo, y piensas con entusiasmo en los delfines y los pájaros y los linces. Disfrutad de la fiesta, chicos. La langosta se queda en casa.

Sobreviene luego el temor atávico al apocalipsis, ese que te hace comprar comida que no necesitas y llamar por teléfono a tus padres tres o cuatro veces al día, como si en cuanto los perdieras de vista —de oído, más bien— pudieran morirse; pero una vez que el miedo remite —hasta al apocalipsis se acaba una acostumbrando— te sientes sorprendentemente bien. Casi como un pequeño Buda. Toda tu vida deseando que algo cambie, que cambie de verdad. Toda tu vida preparándote para este momento.

De la noche a la mañana tu sospechoso estilo de vida se pone de moda y se convierte en el estilo de vida de media humanidad. En un requisito legal. En un imperativo moral. En el Bien. De pronto, te resulta muy fácil hacer el Bien. Descubres que en todos estos años de evitar el tumulto, de evadir las reuniones y darles largas a los amigos, de buscar trabajos absurdos y mal remunerados que te permitieran quedarte en casa, de esconderte, lo único que hacías era el Bien. Qué increíble descubrimiento. De la noche a la mañana te has convertido en una Alumna Aventajada del Nuevo Mundo y eso te llena de orgullo y amor fraternal. Es una sensación nueva y halagadora que mantiene a raya el recuerdo del cementerio. Hasta escuchas con atención a tu madre cuando habláis por teléfono cada día, no como antes, cuando la atendías a trompicones pensando siempre en otras cosas; ahora te ríes de sus ocurrencias, le mandas gigabatios de besos, agradeces su vida y la tuya. Ya no te pregunta cuándo vas a ir a verla y eso, felizmente, os acerca mucho más que cualquier respuesta que pudieras darle.

Deseas que todos encuentren en esta soledad forzosa las dulces mieles que tú disfrutas, lo deseas de todo corazón, y te parece tan sencillo que hasta te echas a reír cada vez que el vecino de enfrente pone a todo volumen al Dúo Dinámico y grita por la ventana que se aburre, que quiere salir, que vivir así no tiene sentido.

A veces hablas con otros que también se han convertido, como tú, en Alumnos Aventajados del Nuevo Mundo. Os burláis un poco de quienes quieren que todo vuelva a ser normal, como si eso fuera posible o deseable: por nada del mundo querríais vosotros regresar a esa normalidad que os hacía navegar en solitario las aguas de la incertidumbre. Os resulta mucho más fraternal una incertidumbre compartida.

Pero a pesar de estas conversaciones casi optimistas, no puedes ignorar el dolor ni el miedo, la muerte mirando de lejos. Ahora ves las noticias, te preocupas de leer el periódico y te asustas como todo el mundo; lloras pensando en quienes se marchan sin ningún ser querido que sostenga su mano. Te parece una muerte cruel, innecesaria, y por las noches enciendes una vela y rezas como rezaban las mujeres enlutadas de tu familia. La muerte, vista de lejos, remueve la capa oxidada de tu indiferencia.

Mientras tanto, tu casa sigue siendo tu castillo. Meditas por las tardes, trasplantas esquejes, te acurrucas en el sofá oyendo caer la lluvia. Escribes cosas sin importancia, haces crepes y bizcochos, das de comer a los gorriones en el alféizar de la ventana, lees muchas horas. La muerte, de lejos, te ayuda a valorar tus dominios.

Y entonces, un día, la muerte te toca con una de sus manos. No con la que tiende a los moribundos para cruzar al otro lado de una laguna, sino con una de las otras, las manos pequeñas de cristales rotos —porque la muerte tiene muchas manos y con cada una se lleva personas y proyectos, creencias, partes de una misma, amores que quedaron enterrados bajo la nieve—. Con una de sus manos te ha elegido, y no es la mejor ni la peor, solo la justa para que olvides las mieles dulces de la soledad.

Ya no te hace tanta gracia el vecino de enfrente poniendo al Dúo Dinámico y clamando al cielo por salir y por que todo vuelva a ser como era. También tú has descubierto que quieres salir, no importa a dónde; que quieres volver, no importa a qué. La urgencia te lleva a querer escabullirte de esa mano con que la muerte, que hasta hace poco creías tu cómplice, te ha tocado. Te das cuenta de que tu wifi funciona mal, de que no soportas la meditación, de que eres un auténtico fraude. Has vuelto a escuchar a tu madre como si la oyeras llover mientras jugueteas con el paquete de kleenex. De nuevo eres una Alumna Poco Aventajada, y eso no te llena de orgullo y amor fraternal sino de humillación y vergüenza.

Te dedicas a echar de menos. Eso se te da bien. Echar de menos es una profesión que encaja con tu perfil. Sientes una incomodidad en el centro del pecho que solo te abandona cuando estás dormida. Ahora sí, cada vez que lees las cifras de muertos lloras con auténtica compasión. Ahora tu castillo se ha convertido en una prisión de alta seguridad, en una mazmorra de la Inquisición, y tú, en una discípula de San Juan de la Cruz que busca la iluminación en medio de la noche oscura del alma. Ahora deambulas por el pasillo como Sócrates, con tus preguntas a cuestas, sin encontrar respuestas ni tener certezas que puedan protegerte. Una parte de ti —tal vez una parte que puede ver más de lo que tú ves— todavía ruega para que nada vuelva a ser como antes.

Por lo demás, lo único que consigues sacar en claro es que no estás sola a pesar de que el vecino que te torturaba con el Dúo Dinámico guarda ahora un inconsolable silencio. Tal vez alguien de la comunidad se ha quejado. Tal vez le han puesto una multa o se le ha roto el equipo de sonido. Te lo imaginas herido como un niño, harto, enojado. Su figura, cuando se apoya en la ventana con el gesto melancólico, te inspira ternura y un afecto repentino. El recuerdo de sus protestas, que en el fondo se parecen tanto a las tuyas, te consuela. Lo ves como un compañero de guerra, un enfermo con el que compartes habitación de hospital. Un semejante.

Lo sepa él o no, a los dos os ha tocado la muerte.

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Graciela Iturbide, “El tiempo, la vida, la muerte”

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