Para ser persona: manual de iniciación.

Hay días en que me cuesta ser persona. Quiero decir una persona de verdad, con los pies plantados en la tierra y la cabeza apuntando al cielo. Una persona de tomo y lomo, de pata negra, de rompe y rasga; sin aditivos ni conservantes ni edulcorantes.

Tal vez en una época anterior a los tristes sonidos de la modernidad, me digo, las personas eran personas sin tantas complicaciones. Tal vez sus pies estaban bien plantados en la Tierra, sus cabezas apuntaban al cielo sin interferencias, su corazón anudaba con gracia ambos extremos. O tal vez no, y el de persona siempre haya sido siempre este oficio enojoso y arduo, digno de elogio y compasión; este traje que queda demasiado grande o demasiado estrecho, este desbocado deseo de tenderse al sol al final del camino sin el irritante mandato de ser.

Existen todo tipo de confusiones sobre lo que ser persona significa. Yo misma me equivoco mil veces, y mil veces me pregunto si lo estoy siendo suficientemente, y si lo soy de la manera en que la vida requiere. La duda me asalta a menudo como una mala digestión. 

Tengo, sin embargo, mis intuiciones al respecto. 

Sé, por ejemplo, que ser persona no es sobrevivir aunque la supervivencia sea un requisito indispensable. Cuando sobrevivo en exceso, la persona que hay en mí se olvida de mirar al cielo, y yo sé que para ser persona hay que alzar la vista —no demasiado, porque se corre el peligro de no ver los precipicios ni a quienes tenemos delante, pero sí lo suficiente para no perder el brillo de la Estrella Polar—. Cuando sobrevivo insuficientemente, por el contrario, dejo de sentir cómo crecen los frutos, pierdo la medida del agua y la tierra que piden. La supervivencia y la persona se necesitan en su justo equilibrio.

Ser persona tiene que ver con salir de la cama y poner agua a hervir, con comprarse unos zapatos, acunar a un bebé, sacar la basura, hablar por teléfono y pintarse los labios; con meterse en la cama de nuevo, presa de la fiebre o la jaqueca —y qué bella oportunidad de ser persona entonces—, con anotar un sueño o trasplantar un esqueje, con decir te quiero y decir basta. Y sin embargo, sé que se puede hacer todo eso y ser persona a medias, o no serlo en absoluto. ¿Cómo tener la respuesta? Ay, es que ser persona es un misterio cosido de incertidumbres.

Cada persona muere y resucita en un día y con cada muerte recibe un regalo; con cada resurrección, una batalla. Y no sin miedo o sin dolor, porque tener miedo y sentir dolor también forman parte de la tarea, aunque a veces me pregunto si no sería mucho mejor ser, en este  sentido, un poco menos persona; un poco más nube o gota de lluvia. 

Ser persona también es mirar las estrellas y preguntarse por la distancia que nos separa de ellas, contemplar un atardecer y recordar cosas que hace mucho que acontecieron, o imaginar otras que ni siquiera están por venir. Imaginar una música o una ecuación. Alguien, siendo persona, escribe entonces el guión de una película y otro alguien descubre una vacuna. Alguien inventa las berenjenas a la parmesana, una terapia transpersonal o una bomba de racimo. Alguien mejora el sistema de riego en su jardín. Las posibilidades creativas de ser persona resultan, como sabemos, casi infinitas. Pero hay también quien no inventa nada o lo aparenta, y eso también es legítimo y digno de la persona que nos habita. 

En cualquier caso, cuando se es muy persona se ríe a menudo.

Y ser persona compromete. Obliga a salir de la infancia y de la manía de echarle la culpa al mundo entero. Nos hace desplegar las alas y rasgar nuestro velo de novia. Mirar de frente. Dejar de buscar excusas. Renunciar a convertirse en hija, madre, esposo, abuelo, vagabundo, hombre y mujer, presidente del gobierno. 

Nada aterra y deslumbra tanto como una persona que lo es al cien por cien. Bien mirado, ser persona es revolucionario.

También yo haré mi revolución algún día: ataré el cielo y la tierra en el nudo de mi corazón. Mientras tanto, me voy recordando el camino en voz alta, palabra a palabra, sin desfallecer.

Como hacen las personas.

Mujer de Vitrubio


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