Zarpemos

Leva el ancla, iza el foque, ciñe el rumbo a la dirección del viento; deja de llorar por ese pedazo de tierra quemada. Zarpemos. 

No me cuentes historias, no señales, no quieras vestirte de mártir. Deja las joyas y las ciegas muñecas, tus féretros de niña, tus suaves mascotas. El vestido de princesa con el que te sentabas a la puerta de casa para ver la puesta de sol. ¿No ves que no hay casa ni puesta de sol? ¿No ves que no pasa nadie?

Zarpemos. Deja el peine de escombros y el herbario que quedó a mitad; las semillas en sobres violetas, las fotografías de parientes que nunca besaste y de amigos con los que ya no hablas. Deja tus zapatos de baile y tus diplomas —de nada te sirven— y tu botiquín completo de remedios contra el dolor. Olvídate de los cuentos con sus solapas dobladas; de las cartas, de los poemas, que son tristes y bien pocos. No traigas ningún espejo. Prescinde del maquillaje. Busca tan solo una manta, una linterna, el péndulo que guardas debajo de la cama.

Al salir ten cuidado, no te enredes con los faldones de la mesa camilla. No despiertes al perro ni quieras arrancar más malas hierbas. No te quedes solo por regar los geranios. Que no te retengan tu madre, ni tu padre, ni tus hermanos, ni los muertos del sótano. Que no te distraiga el árbol, raro y generoso, que plantaste un día y que seguirá dando cobijo a quien quiera que por aquí venga.

Zarpemos, se hace tarde. El viento del Este sopla con ganas y la brújula ya salta de impaciencia en mi mano tendida. Nadie vino a despedirnos; es mejor así. En la orilla van quedando como sombras las huellas azules de nuestro desconcierto.

A estas alturas no hará falta que te diga que desconozco el camino. Que nunca he navegado siguiendo el Este, ni sé si queda cerca o lejos el próximo puerto. Sabrás que es probable que naufraguemos de nuevo, que lo perdamos todo como siempre sucede. 

Pero sabrás también que eso no debe importarnos. Lo que importa es que el horizonte está por fin limpio y nosotras, cargadas de asombro. Y que llevamos a bordo nuestro corazón desplegado al viento, que aúlla y se estremece y bebe sin tregua el sol salvaje del mediodía. 

Fotografía: Víctor Aldaya

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