Miguel

Con los primeros rojos del otoño siempre me acuerdo de Miguel. Será porque el ocre de las viñas, cuando paseo por las afueras de la ciudad, despierta en mi cerebro una asociación no del todo clara que me conduce a él de forma irrevocable; o porque no hace tanto que fue su santo —y esa era, en su vida, una fecha siempre señalada—; será porque yo solía llamarlo en octubre, o eso me parece ahora, aunque tengo conciencia de que siempre fueron pocas mis llamadas y de que octubre fue solo una parada breve, el sol tardío de los membrillos para recordarme que él estaba allá en su montaña y yo, que conservaba la huella de esa montaña todavía reciente, tan solo intentaba recomponer el camino a ella a través de su voz. Miguel, cómo estás, cómo va la huerta. 

Cada verano, Miguel insistía en que volviera a la montaña por San Miguel para poder convidarnos como era debido. Le gustaba invitar. Y era difícil explicarle que no llevaba bien la bebida, que el vino me daba jaqueca y me cansaban los refrescos y las tapas de queso y aceitunas. Miguel pedía otra ronda y se liaba un cigarrillo con sus manos como raíces oscuras, los dedos amplios y huesudos manchados por el tabaco, feliz con su generosidad.

Recuerdo su andar fatigado subiendo la cuesta del Barrio Alto junto al mulo, las cejas tenaces, la mirada de cazador que a veces se convertía en niño. Me gustaba oírlo hablar de pimientos y dinero con su jerga entrecortada, subrayando lo que le parecía importante con chasquidos, con golpes impacientes sobre la mesa. No sé por qué, los forasteros le resultábamos simpáticos. Acogía nuestras rarezas como un auténtico hombre de mundo, sin inmutarse, él que nunca había querido ir más allá de Granada; respondía sin recelo a nuestras curiosidades insulsas y siempre parecidas; pedía otro vino, pagaba. Una vez me estudió de arriba a abajo con preocupación: Niña, ¿es que no comes? Y aquel día volví a casa con un saco de patatas.

Miguel pertenecía a una estirpe antigua de hombres que sellan ventas y prometen lealtades con un apretón de manos. Hombres ásperos, temibles pero también frágiles, conocedores de la tierra, el agua, las estrellas, el vuelo de los pájaros. Nunca supo de patrón ni salario. No entendía las vacaciones. Sus vacaciones consistían en trabajar al ritmo que se le antojaba, en no tener quien le mandase, en sentarse a fumar a la sombra de los castaños; en echarse a dormir si le daba sueño, en comer si le entraba hambre. 

Miguel no tuvo hijos, pero sí una mujer hacendosa cuya fotografía me mostró una vez. Qué buena era, me dijo, y en sus labios me pareció el mayor de los elogios que una mujer puede recibir. Aquella esposa buena lo dejó pronto, acompañado tan solo de sus perros y sus bestias, y desde entonces su caos se extendió como un zarzal inabarcable, haciéndole imposible conservar aquella pulcritud de sus tiempos de casado. Cuando yo lo conocí andaba siempre con los pantalones sucios y el aspecto silvestre, las camisas viejas, la gorra gris calada hasta las orejas. Me costaba imaginármelo joven, alto, bailando como sé que le gustaba, aprendiendo los pasos junto a su madre en la cocina, pocas horas antes de su primer baile. A veces intento verlo de muchacho —aunque me cuesta pensarlo sin su cuerpo nudoso, sin sus arrugas de cordillera—, dejándose guiar entre los peroles colgados de las vigas, a lo mejor nervioso, a lo mejor tímido, porque a pesar de todo Miguel guardaba una timidez profunda disfrazada de fiereza.

La última vez que lo vi llegó tarde a nuestra cita en la plaza: le había disparado a un jabalí que le destrozaba los sembrados. Por aquel entonces se movía ya muy encorvado, se quejaba de dolores, estaba flaco y tenso como un alambre, pero el hecho de abatir el jabalí pareció resucitarlo. Llegó con los ojos brillantes, la camisa muy limpia —había vuelto a su casa para cambiarse y quitarse las manchas de sangre—, la sonrisa ufana: un guerrero celebrando la victoria. Mi amiga y yo, que lo queríamos de esa manera asombrada de quien no comprende, lo miramos incrédulas. Miguel llamó al camarero y nos relató su historia. Miguel, tienes que comprarte un móvil, tienes que cuidarte. Pero él golpeaba la mesa con los nudillos, bufaba, chasqueaba la lengua, pedía otra ronda.

Nunca acudí a la montaña por San Miguel, y cuando lo hice me olvidé de buscarlo, preferí compañías menos desafiantes que la suya. Él siguió insistiendo, teníamos que convidarnos, y hablaba de un mesón en Trevélez donde ponían buenos platos alpujarreños. Gracias por acordarte de mí, niña, de veras que te lo agradezco, y yo notaba que su gratitud era sincera al otro lado del teléfono y espaciaba el tiempo hasta la próxima llamada por miedo a ser demasiado importante.

Pasan los años y no sé si queda quien lo recuerde. Yo misma pienso en él pocas veces. Pero ayer salí a caminar y el rojo de las viñas me trajo el impulso de llamarlo como siempre, de preguntarle por la huerta y las castañas, y decirle: Miguel, felicidades, hombre, vamos a convidarnos.


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