Sensible

Dicen que soy sensible. Hace poco fui invitada a participar en una investigación sobre personas con alta sensibilidad y en el test preliminar conseguí una nota bastante alta. Me hicieron un montón de preguntas sobre mi empleo y mi salud y la forma en que soluciono los conflictos con mi jefe y mis compañeros de trabajo. Parece que a la sociedad le preocupa —y con razón— que las personas sensibles no seamos lo bastante productivas.

En cualquier caso ya sospechaba, antes de responder a todas esas cuestiones, que mi sensibilidad es un tanto atípica. Lo sé porque hay personas cuya sola presencia me enferma, silencios tras los que percibo todo un mundo, frases y gestos que se me quedan clavados durante años en el corazón. Un castaño puede alegrarme el día. Una hora en un centro comercial puede arruinarlo. Créanme si digo que no se trata de un afán narcisista ni de una necesidad congénita de sentirme parte de las minorías. Sé que para muchas personas la alta sensibilidad es un invento. Puede que tengan razón. Yo solo puedo hablar de mi experiencia.

Ser sensible hace que sepa cosas sin necesidad de saberlas. Mi mente no las sabe, pero mi cuerpo y mi corazón las entienden y sufren por ellas o, más bien, sufren por tener que fingir que no existen. Como esas cosas suelen permanecer ocultas —a los sensibles, además, nos suelen ocultar más cosas que al resto— siempre pienso que debo de haberme vuelto loca, una versión que la sociedad suele apoyar. Mi moral se arrastra como un perro asustado y tengo todo tipo de sueños inquietantes; pero de vez en cuando la vida, que también es piadosa a su modo, saca a la luz alguna de esas cosas que yo solo sabía con mi cuerpo y mi corazón. Entonces respiro, recuerdo que todavía no estoy loca del todo y saco fuerzas para continuar mi camino.

Los demás suelen decir que soy sensible, pero nunca sé si lo dicen como un halago o un reproche. Más bien me parece un halago que reprocha, o un reproche que admira. Qué sensible eres, me espetan con suavidad, y en sus ojos veo compasión y un íntimo alivio por verse librados de semejante cruz, como cuando alabamos la capacidad de superación de un deportista paralítico. A veces, esas personas no me lo dicen con suavidad sino con displicencia o rabia, como si pensaran que quiero arrogarme algún tipo de privilegio. Se olvidan de que la sensibilidad, hasta donde sé, no es ningún regalo divino. 

Esta forma en que algunas personas parece que sentimos no nos exime del mundo: los niños no son menos crueles cuando jugamos con ellos en el patio del colegio; el chico amado no se corta en besuquear delante de nosotras a nuestra mejor amiga; los médicos no nos tratan con más humanidad, ni nuestros maestros se dirigen a  nosotras más cordialmente; nuestros padres no tienen con nosotras largas conversaciones sobre nuestras emociones como en “Los problemas crecen”. Se nos acusa de dramatismo, de infantilismo, de debilidad. ¿Merecemos un trato distinguido? Más bien diría que todo el mundo merecería ser tratado de otra forma.

A veces, cuando atravieso uno de mis episodios de intensidad emocional, alguien me descubre con los ojos brillantes y, con sentimiento cristiano, se apresura a preguntar qué me pasa. Detrás de su pregunta se enciende una luz roja. Yo, que enseguida identifico a quienes poseen la luz roja y a quienes no, me invento cualquier explicación pedestre y me echo a reír. La persona se siente aliviada y yo consigo evadir el peligro, pero a cambio no puedo permanecer mucho tiempo en su compañía. Mantener la falsedad es un gran gasto de energía. También lo es mantener la intensidad, así que entiendo bien que quienes me aprecian miren a veces para otro lado, me ofrezcan un trozo de bizcocho como paliativo, recuerden de pronto que tienen que recoger a los niños de la clase de natación.

Sé que en otras culturas la sensibilidad ha sido objeto de veneración. En esta resulta, sin embargo, altamente inconveniente, una especie de desorden que impide que el mundo funcione como dictó el padre Moisés; una tara que en el pasado se solucionaba con el psiquiátrico o la habitación del desván, y en la actualidad con tranquimacines y valiums. Hasta personas de lo más inteligentes han considerado mis expresiones emocionales como una enfermedad del alma y me han hablado del poder de la voluntad y el espíritu positivo; de Aristóteles y la racionalidad. Yo intento aplicarme, pero cuando nuestra conversación termina lo único que me ha quedado claro es que tengo un problema mucho más grave de lo que creía.

Ninguna persona sensible prosperará en la venta de coches ni en la banca; mucho menos en el mundo literario. A decir verdad, no prosperará en casi ningún trabajo. Somos empleados torpes y susceptibles a los que nos cuesta mentir, nos agotamos con facilidad, nos duelen las críticas y los malos modos. Los jefes nos miran con displicencia, esperando que florezca en nosotros, algún día, algo de madurez que nos permita plegarnos a los horarios y las normas. Mostramos habilidad si hay que cuidar de algo o de alguien, pero necesitamos pasar mucho tiempo en soledad y en general nuestras enfermedades son poco rentables para cualquier empresa, incomprensibles para cualquier doctor. Todos esos zumbidos, palpitaciones, migrañas, somatizaciones varias, resultan difíciles de explicar. Las personas me aconsejan analgésicos y visitas al neurólogo, y es inútil decirles que visitar a un médico y tomar drogas no mejora mis síntomas sino que más bien los agrava. Piensan que se trata de una manía de new age chiflada y que, claramente, no estoy dispuesta a colaborar para convertirme en una persona sana como el resto de la sociedad. Eso los contraría enormemente porque habrán de seguir soportando mis dolencias, mis desapariciones, mis humores desbordados.

Respecto al amor, he de decir que enamorarme me ha resultado siempre una tarea fatídica y heroica. Consciente de que mi sensibilidad puede retar al ánimo más templado, a menudo he querido mantenerme a distancia para que nadie saliese huyendo antes de tiempo. En ese caso, las personas amadas me acusaban de frialdad y desapego. A veces, cansada de fingir, creyendo el lema de que el amor verdadero todo lo acepta, me he quedado desnuda; las personas amadas me han mirado con la luz roja parpadeando encima de sus cabezas, me han dado consejos bienintencionados y me han acabado ofreciendo analgésicos. En última instancia, también ellas, con su amor y su culpa, han salido corriendo. Yo sé que no es fácil amar a quien siente cosas que su mente no sabe, y por eso después de un tiempo —a veces un tiempo muy largo— siempre acabo por entender y perdonar. Pero de vez en cuando me gustaría que esta forma mía de sentir no fuera una enfermedad para quienes se me acercan y que, en su nombre, no tuvieran que mentirme como a los niños pequeños o los locos. A decir verdad, esta sensibilidad tan extraña también me proporciona grandes e intensas felicidades: la felicidad de una caricia y del viento cantando en un bosque, de una música, del mar resplandeciente de junio, de una frase brillante, de una sonrisa. Si tuviera que ofrecer mis emociones a la caja común de emociones del mundo, tendría para dar tanta dicha como dolor.

Dicen que las personas como yo tienen aptitudes artísticas. Aunque sepa ordenar palabras no me considero una persona particularmente creativa, pero cuando la creatividad me alcanza —y eso no sucede todos los días— siento una plenitud difícil de comparar a cualquier otra forma de bienestar humano. Si eso ocurre, me sano de golpe de todos mis males y ya no necesito comer ni dormir; bailo por toda la casa y quisiera que mi plenitud incluyera al mundo entero. El arte y la naturaleza son las mejores medicinas que conozco.

Creo que las personas con cierto tipo de sensibilidad nunca lo han tenido demasiado fácil en este planeta. Encontrar su propio valor siempre ha sido un trabajo fatigoso y profundamente solitario. Sé que muchas han naufragado en el camino; yo misma ando a veces a borde del naufragio. Pero quisiera pensar que ese esfuerzo puede conducirnos a un puerto, si no seguro, sí al menos aceptable. Quisiera pensar que es posible que en un futuro la frase “eres muy sensible” no será un motivo para la vergüenza, ni para hombres ni para mujeres. Que un niño podrá expresar lo que siente sin que nadie salga huyendo, que podrá llorar sin que le pidan que no llore, que alguien le enseñará a poner nombre, y no juicio, a eso que está viviendo. Entonces, ese niño, ya de adulto, no tendrá que fingir ni que ocultar nada.  Existirán tan solo formas distintas de sentir y todas serán válidas, y todas tendrán algo que enseñarnos. Y esa antena parabólica de quienes poseen una sensibilidad más afinada que la media servirá a la humanidad para registrar frecuencias desconocidas, para descubrir nuevos territorios; para construir, si es posible, un mundo mejor.

Man Ray, «Lágrimas de cristal»

6 respuestas a “Sensible

  1. Cristina, me ha encantado la entrada, describes muy claramente tu vivencia. Me ha recordado lo que escribí hace algún tiempo: mi observación de que un alto porcentaje de las personas que acuden a mi consulta tienen una mezcla de sentido y sensibilidad que las predisponen en mayor medida al sufrimiento.
    https://encarnacionzapata.wordpress.com/2017/05/03/sentido-y-sensibilidad . Por si te interesa. Un abrazo afectuoso, Encarna

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  2. Cris guapa, desayunar en este sábado ventoso mientras leo tu texto es regalo. Una terapia concentrada y supervitaminada, un mimo para el alma cuando no lo estás esperando. Ese arte de poner en palabras lo que otras no alcanzamos ni a poder verbalizar torpemente. ¡Gracias por tanto! En fin, que esta sensibilidad nuestra es una jodienda para la vida diaria, a qué negarlo. Pero claro, el disfrute como muy bien explicas, puede ser TAN grande cuando se alinean los astros, que no nos queda otra que sentirnos dichosas y agradecidas y bregar con ello cuando vienen mal dadas, con valentía porque somos muy fuertes. Hay que serlo para ser así y lidiar con el mundo. Al menos sabemos que no estamos como regaderas, o que si lo estamos, no estamos solas. Tera-abrazos agradecidos.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, hermosa, claro que tenemos que sentirnos dichosas, y aprender a conservar la templanza cuando apriete la tormenta, que ya sabemos que siempre acaba pasando. Estar como una regadera también tiene su atractivo. Al menos para algunas 😉 Un abrazo muy grande también para ti.

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  3. Precioso escrito Cristina. Me reconozco en tanto de lo que dices… Me encanta leer algo que ni yo misma he sido capaz de nombrar. ¡Enhorabuena por dar un lugar a la sensibilidad!, por dar un lugar a todos los que navegamos por esos mares, que creo, no somos pocos.
    Un abrazo
    Nuria

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    1. ¡Muchas gracias por la visita y el comentario, Nuria! Me alegro de que te hayas visto reflejada en el texto. Sí, somos unas cuantas y unos cuantos quienes navegamos siguiendo corrientes parecidas. Lo importante es no naufragar.

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