Meditación de la montaña

No sé, montaña, si te entiendo. Tu impasibilidad me desconcierta. Pero tengo preguntas que hacerte y reflexiones que necesitan tu consentimiento. No puedo esperar. Por ejemplo, ¿somos lo mismo, montaña? ¿Estamos hechas de la misma sustancia? Si es así, quisiera permanecer como tú, quieta y consecuente. Nada puede contigo: ni el fuego ni las excavadoras. Eres hostil con gracia y con razón. Montaña, quiero tu fiereza de mediodía, tu silencio de isla, tu ancla. Quiero tu piel cambiante, tu precipicio antiguo, el éxito inamovible de tu cima y tus laderas. Quiero, también yo, disponer de la sabiduría de tus barrancos enclaustrados, tener la certeza de que seguiré aquí cuando yo misma haya pasado; saber que no necesito un nombre excepto el de montaña, o a lo mejor el de fuente, o el de estrella, o el de hierba del camino. 

Cuando yo deje de ser yo, quiero ser tú de nuevo, para no perder nunca más el baile de las sombras en las jaras, para no alejarme de la rapaz ni los nacimientos. No eres complaciente, pero tu dureza me arrulla como si fuera una canción de cuna. Tampoco yo quiero ser complaciente, te confieso, pero sí dar cobijo. Y, sin embargo durante mucho tiempo vagué inquieta, desarbolada, deteniéndome en las puertas a pedir limosna.

De ti quiero aprender la aspereza, que también puede ser un regalo cuando se usa con los brazos abiertos. A partir de hoy regalaré a quien quiera mi aspereza de cumbre y mi silencio. Seré ruda por amor, y mis pies tendrán forma de raíces. Bailaré para ti si me lo pides. 

Montaña, yo quiero solo lo que es verdad, por eso escribo despacio. Al hablar, digo mentiras constantemente: las pienso y las formulo, vivo en una jaula de mentiras. Pero tú eres verdadera y no me traicionarás. La verdad es un bien escaso.  ¿Escribiré la verdad algún día? ¿Podrás darme tú las palabras que se le parezcan? Decir siempre es una imagen. Lo sólido se calla. Pero decir es el único puente, precario, que hemos encontrado. 

Tu verdad exige una atención. Nunca dices a quien no está. A lo mejor ocurre que soy materialista, montaña. Aunque te confieso que hay mucha materia que no entiendo —por ejemplo, el poliuretano— y aunque sé que al final toda materia —eso me contaron de niña— es también energía. ¿Eres tú energía, entonces? ¿Acaso la energía no es rápida y tú lenta? ¿Acaso la energía tiene forma? Siempre adoré la velocidad, pero me asusta. ¿Tiene eso algo que ver con el problema de ser materia y energía? Montaña, las verdades son complejas para una inteligencia como la mía, por eso tengo que ir despacio. Enséñame tú la lentitud. Dame un nombre que no se marchite. 

A cambio, yo me quedaré atenta. A cambio, prometo estar.


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