La vida, ese viaje

Acaba el verano y se lleva consigo el tiempo inocente del vagabundeo. Hace no tanto que nuestros pies seguían sin prisa el perfil del agua por playas y ríos, que buscaban museos y campos de girasoles. Hace no tanto —y parece ya una eternidad— nos sabíamos un poco más jóvenes, mejor dispuestas para encarar la vida. Necesitábamos pocas cosas. El vagabundeo nos proporcionaba ese aire alucinado y leve con que deslizarnos por las playas y los ríos y las inmediaciones de los museos. Nos llenaba el pecho de cielo. Las decisiones que teníamos que tomar en ningún modo podían angustiarnos, y si aparecía el aburrimiento —y siempre aparecía— bastaba con elegir otro destino, comprar un billete de tren, hacer de nuevo la maleta. Nadie esperaba una explicación, y eso era un inmenso, incontestable alivio. Los desplazamientos se encadenaban sin esfuerzo en nuestros días. En los recorridos nos limitábamos a mirar el paisaje al otro lado de la ventanilla, repitiendo en voz baja el nombre azul de las estaciones; leíamos un poco; acabábamos, casi siempre, dormitando con la cabeza torcida y el libro abierto sobre el regazo. El vagabundeo nos despojaba del aire problemático que solemos lucir y eso, lo sabemos, nos embellecía. Caminábamos como si nos hubiéramos despertado de un sueño, como si no hubiera un mañana, y sentíamos el cuerpo ágil, los gestos, desconocidos.

Para ser sinceras, nada extraordinario nos sucedía durante esos días. Es más; a veces dudábamos de estar viviendo algo interesante como se duda a menudo de la propia vida, que raras veces llega a la altura de lo que habíamos pensado. Imaginábamos a los amigos en otros viajes, inmersos en romances y epifanías, y nos acomplejábamos haciendo un repaso de nuestro propio anecdotario, prosaico y escaso, plagado de acontecimientos tales como perder las gafas en un restaurante o sufrir el ataque de los mosquitos tigre. Nos preguntábamos si no estaríamos mejor en nuestra casa y en nuestra pequeña ciudad de provincias, disfrutando de la cama conocida, el orden y las manías domésticas. Luego, en algún momento, descubríamos que éramos felices así, sin nada que contar. Nos sentíamos más libres en nuestra liviandad del no acontecer. Disfrutábamos de sentarnos en la terraza de un café, de comprar un libro o encender una vela en el silencio de una capilla; del viento enredándonos el cabello y las conversaciones ligeras con los desconocidos. Y tal vez entonces entendíamos fugazmente lo que significa vivir.

Ahora que acaba el verano y se lleva consigo el tiempo inocente del vagabundeo, ese en el que aprendimos la belleza de lo trivial, nos resistimos a dejar de caminar como si no hubiera un mañana, o como si el mañana viniese con las mismas garantías de la providencia con las que nos llegó el hoy. Luchamos por conservar ese estado en el que todo puede ser. Nos rebelamos ante la idea de volver a esconder las piernas, y seguimos paseando en la madrugada con vestido y sandalias hasta que el primer constipado nos anuncia, implacable, que es tiempo de olvidar todo lo que aprendimos.

En las colinas, los pájaros celebran las semanas felices de la cosecha. No hay más remedio que guardar silencio y quedar a la espera, mientras el corazón sigue vagando.

Liguria 2015

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