Los amantes en invierno

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En este momento en el que ha oscurecido y las calles parecen más hostiles, los amantes ya habrán hecho las paces. Estarán abrazados en el sofá de una casa que no les pertenece, viendo una película o dormitando, lejanos y desfallecidos después de la pelea. Como una niña, ella se habrá refugiado en el pecho de él y lo olerá a grandes suspiros, y él le acariciará la cintura y sus piernas se enredarán a ratos, con movimientos leves, temerosos, proporcionándoles un calor que agradecen porque el invierno es crudo en la ciudad, la casa fría, y ellos no tienen dinero para comprar estufas ni pagar grandes facturas de electricidad.

En ese dormitar suave y exhausto, es probable que recuerden a ratos las palabras agrias que se lanzaban hace pocas horas, en mitad de la calle o en aquel lugar tan poco apropiado para iniciar una pelea. Las frases les llegarán como moscas, sueltas y sin orden. Se parecen terriblemente a las de otras peleas, siempre en lugares poco apropiados y con reconciliaciones agotadoras. Querrán por todos los medios apartarlas de su pensamiento, ahora que el sofá y la noche les ofrecen una tregua, pero las palabras que se lanzaron como puntas de flecha se han quedado prendidas en algún lugar profundo y poco accesible de su memoria. No las recuerdan con exactitud, no quieren recordarlas, pero tampoco pueden deshacerse de ellas completamente: algo en ese lugar que no frecuentan sigue mordiéndoles como una carcoma.

Mientras se acarician despacio, con esa distracción tierna con que se acarician a veces los enamorados, él volverá a pensar en la separación y probará, en silencio y con mala conciencia, a iniciar algo parecido a un discurso, porque aunque haya jurado que la ama y aunque así sea, o al menos lo sea en parte o de alguna forma ficticia y basada en el autoengaño que para él y para ella es verdadera, anhela acabar de una vez con el dolor afilado que periódicamente se regalan. Como otras veces, acabará descubriendo que no es capaz de encontrar las palabras y que, aunque las encontrara, no sería capaz de decirlas por temor a dañarla, o a perderla, o a ser dañado y, sobre todo, porque la noche y el frío de la noche lo mantienen anclado a ella y sin fuerzas. Ella, por su parte, creerá ver en la brecha abierta y palpitante de sus diferencias algo único e increíblemente valioso. Pensará que se conocen y se aman más que aquellos que no se pelean, y albergará la esperanza de recibir en cualquier momento algún gesto romántico y decisivo, gesto que tendría la mágica cualidad de disipar cualquier nube y que escapa por completo a la naturaleza pragmática y retraída de él. Que ese gesto es imposible, ella no es capaz de verlo. Se pegará a su cuerpo con insistencia, como si pudieran arrebatárselo en cualquier momento. Ni él ni ella soportan la idea de que el otro les sea arrebatado, aunque saben o presienten que sólo así podrían recuperar algo del oxígeno que han ido perdiendo en todo este tiempo de peleas y reconciliaciones. Pero aunque sea difícil y desesperanzador, prefieren vivir sin oxígeno a perder el abrazo dulce en el sofá, la película que a ninguno de los dos interesa, la manta raída y demasiado fina con la que se tapan los pies.

Sé que seguirán abrazados durante el resto de la velada, sin querer responder al teléfono ni levantarse para preparar la cena, atisbando por el cristal las calles frías de la ciudad dormida, y que durante algunas horas volverán a imaginarse cerca y a salvo, soñando tal vez con que el día siguiente les traiga por fin algo de sol.

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