La selva a tu puerta

Ante ti, la selva.

Te salió al paso por casualidad, oscura y caudalosa, mientras abrías puertas en busca de otros destinos. Las selvas aparecen siempre así, cuando no se las persigue ni se las imagina, cuando se ha llegado casi a dudar de su existencia y una se ha acostumbrado a las praderas, los campos de cultivo, las plazas con escuálidos columpios.

No buscabas la selva pero te la encuentras de bruces un buen día y ya no puedes hacer como que no la has visto. ¿Serviría fingir? te preguntas. ¿Serviría reservarla para la época apropiada? Te quedas allí de pie, recién despierta, descalza y sin peinar, guiñando los ojos detrás de las gafas. A tu puerta, una penumbra jugosa en la que se adivinan helechos. Aroma a lluvia y a hojas podridas. Aleteos. Siseos. Cánticos. La voz áspera y fatídica de un jaguar rondando la espesura y una luna pequeña asomando por el dosel de las lianas. Apenas entrevista, la selva posee la belleza mortal de lo que no se comprende.

Y tú, claro está, quieres comprender. Te educaron para explicar, catalogar y etiquetar. No en vano guardas en tu dormitorio docenas de cajitas transparentes con carteles bien rotulados. Cada vez que encuentras algo nuevo lo metes en una de las cajitas, le pones un nombre como quien ahuyenta un fantasma, lo diseccionas con empeño encomiable. Te entretiene desentrañar mecanismos como a los entomólogos o los relojeros. Y así crees que comprendes y te vas a dormir tranquila. Todavía no sabes que el control es una forma de asesinato.

Pero ante la selva te invade el terror de comprobar que no sirve ninguno de los carteles, que ni siquiera el pedazo más pequeño cabe en una de tus cajitas. ¿Cómo vas a comprender entonces? El miedo te hace pensar en desembarcos plagados de cautela y largas filas de hombres armados. Imaginas excavadoras abriendo caminos seguros que se asemejen a las praderas que sí conoces, o robots ultra-precisos cuyos movimientos puedas seguir cobardemente desde la pantalla de tu ordenador. El miedo hace que pienses como piensan quienes conquistan continentes y están dispuestos a destruir, por pánico, el paraíso desconocido.

Nunca has estado en la selva, eso es verdad. No sabes cómo se hace para adentrarse en ella y conservar la vida, tú que te acostumbraste hace tanto a los parques con escuálidos columpios. Puede que te pique una tarántula, que te devore una pantera o que seas víctima de las flechas envenenadas de los pigmeos. Tal vez darás vueltas en círculos y morirás presa de la locura. Tu resistencia física es muy pobre y tu salud mental no digamos. Ocurre, esas cosas ocurren, te dices. Nunca has estado en la selva.

Pero puede ser también —y esta es solo una posibilidad— que en el corazón de la espesura encuentres eso que otras buscaron antes que tú, una pluma de quetzal con la que adornar tu tocado, una pócima mágica, una revelación, un canto.

Por la puerta entreabierta se cuela el fragor de una cascada; sabes que detrás de la cascada hay un precipicio y, detrás del precipicio, una cueva y en la cueva, el lugar sagrado donde habitan los chamanes. Dudas. En tus huesos está inscrita la desconfianza de los antiguos conquistadores. Pero en tu vientre… ah, en tu vientre todavía conservas intacto todo el amor por el misterio.

Selva

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