Encuentro con un acebuche

Caminando por el desierto, me encuentro con un viejo acebuche vencido por el viento. Perpetuamente inclinado, con la mitad del tronco hueca y la copa acobardada, se aferra con insistencia a la vida.

Lo miro con el asombro de quien descubre el amor. ¡Un acebuche! Nudoso. Gris. ¡Y vive! Aquí vive. Sin un lamento, ofreciendo al mundo lo mejor de sí mismo. Y, por si fuera poco, es generoso: obsequia a los pájaros y al cielo y a las mujeres que pasean por el desierto sus brotes como dedos de recién nacido. En su corteza anidan caracolas blancas. En sus oquedades se refugian los escarabajos. Y todo su tronco es una partitura de ondulantes cicatrices.

Lo admiro y se lo digo. Eres un milagro, ¿sabes? El acebuche, que no fue diseñado para los halagos, se hace el distraído y continúa su lento combate. No llora ni maldice a quien lo puso allí ni envidia las delicadas copas de otros árboles afortunados, esos que crecen en los bosques húmedos de Montana a salvo del Levante. Tal vez no entiende la palabra héroe pero sabe que la vida le ha sido dada, y eso ya es mucho. Casi todo. Cuando muera, su belleza difícil no servirá más de adorno y testimonio en la llanura.

Contemplándolo con los ojos tiernos de quien descubre el amor me encuentro de pronto al borde de la rebeldía. ¿Acaso no es un milagro? ¿No ha cumplido ya con su parte de batalla? ¿Acaso no merece? Quisiera librarlo para siempre de la llanura azotada. Sembrarlo en mi huerta pequeña y fresca, donde solo sopla la brisa. Acariciar cada mañana la mitad muerta de su tronco y regar cada tarde sus raíces con agua dulce del pozo. Yo, que nunca acepto, me resisto a aceptar al acebuche (sueño con nuestras horas de sosiego en la huerta). Él, que es pura aceptación, admite mi sublevación y espera. Tiene el don de la tenacidad.

Al fin algo en mí se afloja o se rinde. Porque no tengo huerta en la que protegerlo ni pozo para regarlo, y porque también yo deambulo a ratos azotada por el Levante, envidiando a los árboles afortunados que florecen en los bosques de Montana. Lo sé, no soy tan inteligente como él.

El acebuche suspira un poco, se estremece y me ve marchar con el pelo enmarañado y las manos en los bolsillos. Me vuelvo un momento a saludarlo. Se queda ahí, solo y desafiante, extrañamente bello, testimonio callado de que vivir es siempre un compromiso.

árbol
Ilustración: Ángel Casas

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