El invierno

Durante mucho tiempo estuve en guerra con el invierno.

Nunca fui a la nieve ni me sedujeron las navidades. El invierno era para mí sinónimo de exilio, de manos heladas que aún conservo. Tenía que ver con domingo y pueblo. Con lumbre y mesa camilla y ladridos de perros al caer la tarde. Con olmos decapitados y tañidos de campanas que sonaban a muerto. Con cielo sin golondrinas. Con noche, con noche, con noche.

En invierno, la noche invadía las casas de la calle Ancha apenas oscurecía. Se colaba en las despensas llenas de orzas, en las cámaras encaladas y los corrales vacíos, en los suelos de baldosas frías. La noche y el invierno se volvían una misma cosa irreparable, allí en las casas de la calle Ancha. Durante la semana, parecía estar contenido: se mantenía a raya en los radiadores empolvados de las aulas y en nuestro sofá de ciudad. Pero en aquellas expediciones de los domingos me asaltaba con toda su crudeza: era las manos enrojecidas de mi madre lavando al sol, la tierra dura y musgosa, los caracoles y las toquillas de lana y la melancolía en medio de abuelos y tías y gente que, creía yo, me interesaba muy poco.

Era una niña. Soñaba con Madonna y con islas del Caribe. Cada semana contaba en un calendario los días que faltaban para que llegase la primavera, y luego los que quedaban para el verano. Aquella estación odiosa parecía no abandonarme nunca, con sus congestiones y sus amígdalas llenas de pus y sus temibles despertares. Yo deshojaba el calendario con las manos frías y todo me parecía equivocado. Las tardes de domingo las pasaba encogida debajo de las enaguas de la mesa camilla, siempre en la calle Ancha, silenciosa, como una enviada de otra galaxia. A mi alrededor se desplegaba el bullicio cálido de las voces mientras el cielo enrojecía en dirección a la Loma, y al poco la noche había traspasado las puertas y subía por las escaleras colgándose de la luz trémula de las bombillas.

Es verdad, echo de menos el invierno, sobre todo ahora que el invierno se ha convertido en un pobre simulacro de sí mismo y es el árbol luminoso de un centro comercial; ahora que no hay domingo ni pueblo ni noche colándose en las casas de la calle Ancha —porque las casas de la calle Ancha están cerradas y ya no hay nadie en ellas que pueda salir a recibirme—, y la lumbre es un regalo legendario de dioses que ya nos dejaron, y los olmos un raro espécimen que siempre me detengo a saludar. Quisiera haber estado más atenta bajo aquellas enaguas, rodeada de tías y abuelos que yo creía que me importaban poco; haber sido más curiosa, más locuaz, más agradecida. Haber preguntado más y mirado mejor, sabiendo que todo cuanto me estaba siendo dado —la noche, el frío, los comadreos, los perros ladrando— era mi legado, mi mejor dote, el reverso inseparable de mi verano.

invierno
Foto: Joaquín López Cruces

2 respuestas a “El invierno

    1. Pues un poco más y me doy cuenta de tu comentario en primavera, el correo me lo había traspapelado a la bandeja de spam… Perdona el retraso y muchas gracias por escribir, como siempre, te mando un abrazo grande y energías ya primaverales… 🙂

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